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OFICIOS EN EXTINCIÓN

Profesiones que mueren

Llevan haciendo paños y mantas más de 250 años. Las familias de Val de San Lorenzo no encuentran sucesores

Laurentino, en su taller de Val de San Lorenzo, con un cigarro en la boca, en la confección de los hilos para tejer las famosas mantas maragatas. MAURICIO PEÑA

Manuel C. Cachafeiro / León
Hacer una manta o una alfombra no es nada fácil. Hasta llegar al telar donde se teje, el proceso es largo, complejo y muy artesanal, aunque se emplee maquinaria. Primero hay que cardar la lana, que viene tal cual se esquila de las ovejas. Después hay que convertirla en hilos, entre más resistentes mejor, y, por último, hay que montar todo en máquinas con casi cien años que son todo un referente de lo que fue la revolución industrial.
Laurentino de Cabo Cordero es uno de los últimos representantes del esplendor de la industria textil del Val de San Lorenzo. En su taller, situado en una céntrica calle de este pueblo maragato, a poco más de seis kilómetros de Astorga, se puede seguir todo ese proceso laborioso de principio a fin. Laurentino es un enamorado de su profesión, aunque su trabajo no viva el mejor momento. “Lo malo de esto es que está jodido, muy jodido, pero te gusta”, dice no sin cierta melancolía mientras enciende un cigarro. Melancolía o tristeza de ver cómo la profesión a la que sus antepasados se han dedicado desde 1752 se puede perder muy pronto. De sus tres hijos, ninguno ha querido seguir el camino. Los dos mayores están fuera y el pequeño, que aún vive en casa, ha preferido ser electricista y tener un sueldo. Y lo peor. Como a Laurentino, también le pasa lo mismo a los pocos artesanos del textil que van quedando en el Val de San Lorenzo. “No vemos futuro, ni yo ni los pocos que quedamos”, dice. Con más de 50 años de media —Laurentino va a cumplir 56—, no tienen seguidores para un oficio que se remonta al siglo XVIII.
En la tierra por excelencia de los arrieros, los maragatos del Val prefirieron confeccionar paños. Ésta no es la primera gran crisis que sufre la actividad textil. En más de dos siglos, ya han pasado otras, como la que asoló el pueblo en el primer tercio del siglo XIX por la competencia catalana, más moderna y competitiva para la época. La superación de aquel momento se la deben a un vecino, según cuenta la historia del pueblo, José Cordero Geijo, que convenció al resto en 1858 para sustituir la fabricación de paños por las famosas mantas de lana blanca y bandas en verde, azul y malva o rojo y azul.
Las máquinas como las del taller de Laurentino llegaron al Val más de medio siglo después, en 1920, cuando una comunidad formada por 73 vecinos compró la primera cardadora e hiladora. Hoy, esas máquinas siguen funcionando, aunque no haya ya piezas de repuesto. Los artesanos del Val son también mecánicos de una industria que se resiste a desaparecer en tiempos en los que la competencia china y de otros países hace imposible mantener los precios salvo que se hable de artesanía y una marca de calidad que nunca llega.
Para entender esa melancolía que aflora en gentes como Laurentino de Cabo Cordero es necesario echar la vista atrás y poner de manifiesto lo que significó, y significa todavía, la industria textil, para este pueblo maragato. No sólo ha sido una industria. Es todavía una forma de vivir. Hasta en el lenguaje. “Hay mucha influencia del castellano antiguo y del catalán también. Yo digo, por ejemplo, dame un juego de yadres, que en castellano significa abridores”, explica este enamorado de su profesión artesanal, mientras enciende otro cigarro.
Llegar al telar, la última parte del proceso de fabricación de una manta, es lo más fácil, según Laurentino. “Se da importancia al telar, pero con cuatro nociones basta. Lo difícil es llegar hasta él”. Y es verdad. Además de todo un mundo de tecnicismos y palabras precisas casi en deshuso (hurimbre, que es la trama del tejido, o emborrar, en castellano antiguo, mezclar) se necesitan cálculos milimétricos para saber hasta cuánto va a mermar la lana en el proceso de colocación de cientos de hilos.
Las mantas, las alfombras y la ropa que se elabora en el Val de San Lorenzo chocan con la falta de promoción y unas ventas cada vez más difíciles. “Yo tengo que trabajar cinco días a la semana para después cargar la furgoneta y marchar a una feria el fin de semana, a Asturias, a Madrid…¿Quién va a querer esto?”, se pregunta Laurentino. “Hoy, los que quedamos, trabajamos para sobrevivir. En mi caso, trabajamos mi mujer y yo. Tuve hasta tres empleados, pero llegó un momento que no teníamos trabajo para todos”. “Esto no se muere; esto está muerto”, es su lapidaria despedida con otro cigarro en la boca. Por cierto, la lana no arde.

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