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SAN JUAN Y SAN PEDRO 2009

Otra tarde para la historia de León

Ponce indulta un toro y corta las dos orejas y el rabo y puerta grande para Fandi y Manzanares

Ponce, toreando con la mano izquierda al toro que después sería indultado. M. MARCOS

Perelétegui / León
Está claro que de toros cada uno sabe lo suyo. Y de cómo hacer realidad tardes como la de ayer en El Parque, quien sabe -y a los hechos cabe remitirse- es el empresario Postigo, ilusionadamente empeñado en mantener en la feria la corrida de ocho toros y cuatro figuras. Lo avalan los resultados, que culminaron en gran éxito.
En la plaza todavía se palpaba el ambiente del pasado miércoles y los comentarios de los aficionados iban desde sobrevalorar momentos de Javier Conde, a ensalzar la actuación de Perera, poniendo insólitamente en entredicho los conocimientos de quienes consideraban que lo hecho por José Tomás no merecía el lugar de honor. Vivir para ver.
La corrida de ayer estuvo presidida por Santiago García Guisasola, que demostró que es capaz de mantener el nivel de concesión de premios del día de San Juan. Después del paseíllo se ofreció a Enrique Ponce un homenaje por los dieciséis años ininterrumpidos que lleva actuando con éxito en nuestra plaza. Gustavo y Pedro Postigo le hicieron entrega, con Ángel Martín como uno de los más veteranos trabajadores de la plaza, de un mastín leonés, de nombre León de Campollano, criado por José Luis Moncada.
El hierro de Zalduendo volvió una vez más a León, y trajo un lote mejor presentado que el de años anteriores. El primer toro no tuvo fuerza, pero le aguantó la presidencia y acabó embistiendo con nobleza y bondad. Fue bravo y galopó el segundo. Otro buen toro fue el corrido en tercer lugar, con buena clase. Se castigó mucho en varas al cuarto, que llego muy parado al tercio final. Fue extraordinario el quinto, con gran calidad, yendo a más y sin cansarse de embestir, indultándosele en medio del clamor de los tendidos. El sexto arrastró el hocico por la arena y embistió por derecho. Se picó mal -de un caballo a otro en terrenos del 5- al séptimo,pese a lo cual llegó al final con excelente son.Y el séptimo manseó en el caballo y tuvo corto recorrido.
Enrique Ponce, de azul pavo y oro, puso temple y templanza en el que abrió plaza, sin obligarle y con la mano a media altura. Se ha dicho muchas veces que se ha inventado faenas, pero en esta ocasión resultó una verdad como un templo. Y las ovaciones sonaron muy por encima del cariño que aquí se le profesa. La estocada fue de efecto fulminante (sonó un aviso cuando doblaba el toro), se desbordó el entusiasmo y el torero paseó una oreja por el anillo. Pero salíó el quinto y Ponce meció con suavidad el capote. Luego, con la madurez de un torero de muchos quilates, mostró su técnica majestuosa y su dominio absoluto. Fue una faena de naturalidad suprema, de perfección, cadencia y desmayo. No se puede torear mejor. Y al final, Ponce, ayer más que nunca torero de época, consiguió su 39 indulto en España. “Lastimado”, núm. 135, de 48º kg. de peso y del hierro de Zalduendo, volvió a los corrales mientras la plaza puesta en pié gritaba “torero torero” y Ponce daba una vuelta al ruedo apoteósica con las dos orejas y el rabo simbólicos.
El Fandi, de nazareno y oro, se lució en un variado repertorio con el capote en sus dos toros y, en especial, en sus espectaculares tercios de banderillas. En el primero de su lote exhibió su amplio repertorio, pero se pasó de faena, sonó un aviso y tardó en cuadrar a su enemigo, para acertar con la espada y el verduguillo, concediéndosele una oreja pese a pedirse con insistencia la segunda. En el sexto estuvo sobrado de entrega y poderío. Otra oreja.
José Mari Manzanares, de obispo y oro y nuevo en esta plaza, estuvo asentado, con empaque y sentimiento. Su faena al tercero fue vibrante y emotiva y mató de media estocada. Una oreja en cada toro.
Y Cayetano, de nazareno y azabache, porfió en terrenos de cercanías en el cuarto, cobrando una buena estocada y acertando con el descabello, para saludar desde el tercio. Y cortó una oreja en el que cerró plaza, en el que movió con temple la embestida.

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