El principal pulso de hoy es el que late en las sienes de dos jóvenes que van a dar un paso importantísimo para ellos (les va la vida en la jugada, y una vida abierta a la felicidad) y gratificante para los demás cristianos. A las seis de la tarde, en la Catedral de León el señor obispo don Julián impondrá las manos y rezará sobre los diáconos Carlos Martínez y Ángel de la Varga, para que la gracia de Dios los constituya en presbíteros de la Iglesia, sacerdotes de Cristo. Dentro de escasas fechas pasarán además a ser ‘curas’, es decir, a tener ‘cura de almas’ (que de ahí viene el vulgarismo, que no debe ser ofensivo más que cuando nuestros descreídos lo emplean para jeringar). Uno es de Mansilla de las Mulas; el otro de La Aldea del Puente. Ya tienen motivos los mozos de esos lugares para levantar un ‘mayo’ así de grande, porque seguro que hace años que no lo pinan y por desgracia tendrán que esperar –ojalá me equivoque– otros muchos. Tal como está el mundo de hoy, la escala de valores de la juventud, los afanes alocados de vida placentera, el culto que se da a la diosa libertad, el pánico a los compromisos estables y de por vida, la tendencia a cerrarnos en nuestras convicciones privadas y en nuestros egoísmos particulares, la mala imagen –en la mayor parte de los casos manipulada por intereses inconfesables– de la Iglesia y el criterio de que en todas las profesiones se puede ser buenos y hacer el bien, que estos dos chavales se líen la manta y se comprometan de arriba abajo y de presente a futuro a dedicarse de lleno a los demás, orillando opciones legítimas de familia propia, trabajo de brillo social y espacios libres para el ocio y el capricho, es para descubrirse y poner ante ellos una alfombra de flores, para que la vida no los lastime y la fragancia de los pétalos les ayude a tirar ‘p’alante’ hasta que la biología los separe de esta tierra. Como uno sabe por experiencia que esto no es fácil, ruego a los lectores creyentes, en este Año Sacerdotal, que no dejen de elevar una oración a Dios por ellos, y a los no creyentes que hagan un esfuerzo por comprender su opción y apoyar lo que en ella hay de valentía, gratuidad y servicialidad sin fronteras. ‘Que no los estropeen’ fue consigna que servidor oyó en su día y que ha quedado clavada como a grapadora industrial en las entretelas del alma. Valga también ahora.
Antonio Trobajo Díaz es vicario episcopal de Relaciones Públicas de la Diócesis de León