Apartir de ahora, y más en agosto, es fácil encontrarse con los típicos cartelitos que dicen ‘cerrado por vacaciones’. Ello quiere decir que, tras varios días o semanas de descanso, volverán a abrirse esos establecimientos. Cosa distinta y triste a la vez es cuando el cierre es definitivo y en los cristales de un escaparate vacío o en una nave con las puertas cerradas ponga ‘se vende’ o ‘se traspasa’. Por desgracia este último año se han multiplicado estos casos. Es normal que quienes trabajan suspiren por el descanso, pero lo malo es cuando alguien tiene todo el tiempo del mundo para descansar por quedarse sin empleo. Por otra parte, no podemos olvidarnos de aquellos que no tienen vacaciones para que otros puedan disfrutar de ellas. No es lo mismo, y lo decimos por experiencia, sentarse tranquilamente en la terraza de un bar o en un restaurante que estar sirviendo las copas o las comidas. Dígase otro tanto del ‘veraneo’ de los trabajadores del campo, sin cuyos sudores mal podríamos tener algo en el plato a la hora de comer. Algo sabemos de esto los que, nada más terminar el curso, nos teníamos que incorporar a las tareas agrícolas y ganaderas en nuestros pueblos. En cierta manera es una pena que los chicos de ahora no tengan estas experiencias. Valorarían más algunas cosas.
Ciertamente durante las vacaciones se puede hacer mucho más que tostar la piel sobre la arena de una playa o visitar chiringuitos. Hay gente que aprovecha para dedicar más tiempo a la familia, o que procura reciclarse haciendo cursos o viajes de interés cultural. Pero no faltan quienes deciden dedicar parte de su tiempo como voluntarios para ayudar a otras personas e instituciones, dentro de España o acaso en el Tercer Mundo. Es lo que podríamos llamar vacaciones solidarias. Afortunadamente cada vez hay más personas, incluidos muchos jóvenes, que participan en estas tareas altruistas. Éstos no cierran por vacaciones.