Llevo escritas, en La Crónica, con ésta, dos centenares de columnas, en ellas he opinado sobre todo tipo de acontecimientos relacionados con la actividad política, algunas han sido duras, satíricas, otras tal vez equivocadas, puede que hasta injustas; los aludidos han encajado de mejor o peor forma las críticas, los ha habido que hasta han intentado presionar a la dirección de este periódico para silenciarme. También he observado que hasta las personas inteligentes –aunque parezca increíble algún político lo es– tienen un nivel de memez que sorprende precisamente por sus restantes niveles contrastantes. Por eso consiguen que siga viendo a muchos políticos como seres extraños, gentes mayoritariamente mediocres, que utilizan la política como forma de autoafirmacion personal, clase política en la que algunos de sus dirigentes se encuentran en la franja lunática de adictos a los medios y a las ruedas de prensa. Personajes que más que dedicarse a la política deberían participar en algún reality show televisivo, tipo Gran Hermano. Todo ello me hace pensar que la gran mayoría de partidos políticos configuran una galaxia marginal y sectaria, cada vez más alejada de los ciudadanos, y donde se esconden personajes zafios e ignorantes, que no tienen ningún pudor en medrar socialmente encaramadas detrás de una dialéctica demagógica y llena de tópicos. Partidos en los que cualquier intento aperturista o democratizador da pie a toda una floración de especulaciones de género delirante, basadas en la pura molicie intelectual, y llenos de personajes que en su mezquindad vilipendian, injurian, increpan, agravian y sólo desean ver destruido a quien no acepta lo que ellos deciden o no se pone a su servicio. Para describir, de manera gráfica, la situación de la vida política actual, nada mejor que el viejo y soez dicho castellano de que “la mierda engorda”. ¿Y luego les sorprende que existan Berlusconis?