Mi infancia son recuerdos (Machado me perdonara) de una radio Telefunken. Tenía cien emisoras y sólo cogía una, por más que vinieran todas escritas en el cristal donde estaban a cada lado las dos ruedas que eran los mandos de sintonizar y dar volumen. Allí estaban escritos, en la fila superior, las más importantes: Vaticano (la primera, dios nos libre), Lille, París, París (dos veces), Lisboa y Bruselas. Y así cinco filas llenas de grandes capitales y en todas aparecía el Vaticano, como para no creer en Dios aunque no se oyera la emisora.
A las dos y diez mi madre detenía las quejas del día, la suya de lo malos que eran los niños de la escuela; la de la abuela de la poca leche que daban las vacas; y la mía de que hubiera otra vez patatas para comer. Era el momento justo, había que encender la Telefunken pues sus lámparas tardaban cinco minutos exactos en calentar y a las dos y cuarto en punto una voz que salía del corazón de la radio, de la única emisora que se podía coger, y anunciaba entre sones de dulzaina y tamboril: ‘Luces de la ciudad, por Victoriano Crémer’.
“Ahí está”, decía mi madre como si temiera que algún día no le iban a dejar estar. A la abuela le gustaban las cartas a la tía Federica y yo siempre creí que aquel hombre sólo era un truco para que comiera las patatas.
Un día, muchos años después, aquel hombre me contó los gallafonazos (es su adjetivo) que le dio la vida, un día que me llevaba su artículo para La Crónica escrito en la parte posterior de la hoja del calendario, como hacía cada primero de mes. Yo le conté la historia de la radio y de mis sospechas y tuvo una salida de las suyas.
– Todo son patatas jovenzuelo. A ti te engañaban conmigo para que las comieras y yo me tenía que dejar engañar en lo que me pagaban para poder comerlas.
Y recordé la vieja expresión del cabo Manolo, del cuartel de mi pueblo, que también decía algo parecido: “Al paso que van las cosas, de los productos del campo sólo nos salvamos la patata y la guardia civil”.