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EL CASTRO / Eduardo Bajo

Eros romano

Ahora que salen a la luz los más remotos vestigios de nuestro pasado romano, quiero repasar algún episodio de la que pudiera anidar en nuestros genes.
Hablo de Cincinato que, mientras araba sus tierras, vio ante sí dos legados de Roma enviados por el Senado. Antes de nada, secó su sudor, se vistió la toga de ciudadano romano y, finalmente, escuchó el mensaje: “El enemigo está a las puertas de Roma. La Patria te necesita”. Dejó la labor y acudió a la llamada. En 16 días alcanzó la victoria, dimitió del cargo y volvió a la faena –con el arado romano– donde la había dejado.
No menos loable, el caso de Curio Dentato; ante su casa y hacienda de estéril tierra, en plena cocción de unos nabos que constituían su sustento. En esto, llega a él una delegación samnita, ofreciéndole oro en abundancia para que les ayudara a sublevarse contra Roma. Su respuesta fue que, estando conforme con su comida, no necesitaba oro ni plata; le parecía más honroso mandar sobre quienes poseían tales riquezas que el hecho de poseerlas él mismo. Cuesta trabajo reconocer a nuestros próceres en estos personajes tan esforzados y tan dignos de la República.
En el lado opuesto, el del Imperio, citemos a Tiberio, bajo cuyo reinado nació Jesucristo. Cuenta Suetonio del emperador que, en su villa de Capri, gustaba de bañarse con niños a quienes llamaba “sus pececitos”, a los que hacía pasar entre sus piernas para que le excitaran “con sus lenguas y pequeños mordiscos”. –Son episodios del libro “Eros romano”, del historiador Jean-Nöel Robert cuya traducción para Editorial Complutense me correspondió–. Viendo la actualidad que nos llega de la metrópoli romana y baladronadas de Berlusconi, no he podido evitar tales evocaciones. Parece que la historia, al menos en su parte más innoble, se repite. Eso explica que il Cavallieri sea posible en Italia. Respecto a otras similitudes, lo dejo para la imaginación del lector. Salve!

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