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A MI AIRE / José Eulogio Hernández

Ni estética, ni estilo

No me reconozco. Esta ciudad está cambiando a pasos agigantados. Acaban de cortarme el paso en el Glam, la disco retro del Húmedo, si antes no pago la copa por adelantado. Me han visto cara de crisis, y los hispanos que ahora vigilan y controlan las entradas a las discos, son como cuando viajaba a Lisboa en verano, hace más de veinte años. Yo pensaba que era al revés, que siendo chaval con la cartera escasa te hacían la prueba del nueve a la entrada de los tugurios, y que siendo padre de familia en una noche de chufla te abrían paso con genuflexión y saludo. Pues, quiá, la cosa ha cambiado, y ahora, o luces piercing y llevas la tronca destetada hasta límites insospechados o pagas a la entrada como cualquier vecino.
León, la ciudad que ha privatizado el agua, ha secado los jardines, y proyecta el tranvía, no puede quedar anquilosada en el tiempo. Lo mismo dispensa de un tiroteo en pleno centro a mitad de semana, que te ofrece un deambular de lo más variopinto. Y si no fuera por estos cambios acorde con los tiempos, ¿qué ofreceríamos para situarnos en el siglo veintiuno?
Ya he dicho, a costa de ser reiterativo, que la hostelería va camino de entrar en números negativos. La Diputación presenta nuevos folletos, y los que antes criticaban a Cantalapiedra se pegan ahora viajes al extranjero bajo pretexto de abrir vías de interés turístico. Comandan a Pardo para que estudie nuevas aerolíneas, cuando el avión con la llegada del Avia queda obsoleto y piensan que algún ryanair despistado vendrá a La Virgen del Camino. Descargamos nuestra confianza en Pacogutiérrez, Díez y Cardo, –el pesoe/trío– a la espera de proyectos de dudoso contenido. Nos abrimos a la esperanza de ver un día cristianos y ronaldos de Primera en el Amilivia y todo lo que vemos es un cambio de nombre al estadio, fruto del capricho político. No tenemos nada para compensarnos de tanto absurdo. León, ahora mismo, es como la zona del rastro en domingo. Ni en la noche, ni a la hora del pincho. Nada. Un vacío controlado por extraños.
Me piro.

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