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UNA IMAGEN Y 242 PALABRAS


La ciencia no sabe de caricias

Manuel acude cada día a ver a Basilia. Le coge las manos y solo él percibe cómo a ella le chispean los ojos de alegría, sólo él siente cómo ella también le aprieta. Manuel le lleva cada día un zumo de manzana natural, hecho con unas manzanas que él cuida en su huerto del pueblo, al que acude una vez a la semana para que nada le pase a los frutales, para que nunca falte el zumo pues Basilia nota cuando el zumo es de compra. Él ve cómo ella tuerce el gesto, la ciencia no.

Manuel pasó las noches de muchos años sentado en la cama de Basilia, escuchando sus gritos en la noche, su desesperación. Pero Manuel jamás desesperó, le contaba cosas, escribía lo que pasaba cada día, acariciaba su pelo blanco de ceniza...

Un día Basilia dejó de gritar, cerró los ojos, se hizo niña. Y Manuel la ve así, niña, dulce como una niña a la que hay que vestir, cambiar, poner el pañal, dar de comer, peinar, acariciar...

La ciencia dice que no hay nada detrás de la enfermedad más cruel, la que hace olvidar que has vivido. Para la ciencia Basilia ya no existe.
Para Manuel no existe la ciencia. Él tiene preguntas que nadie responde, él ha visto a Basilia llorar cuando en la televisión cantan las canciones que ella cantaba en la iglesia.

Manuel sabe que Basilia le aprieta las manos cuando siente las suyas.

df
Mauricio
Peña
Ful
Fulgencio
Fernández

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