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UNA IMAGEN Y 252 PALABRAS


Ríos navegables para carros vacíos

Nos invadieron todo tipo de trampas que se colaron por la gatera de la modernidad o vaya usted a saber qué maturrangas. Aprovecharon que estaba abierto el postigo que fue para meter la hierba y por su hueco entraron carros que no eran de hierba, sino del supermercado; tarjetas que no eran de visita sino de crédito; amigos que no estaban en el parque sino en la galaxia de los foros y los chat en los que la mentira no está penada, como el intento.

Cada cual se inventó su vida. Cada tarjera te abría la puerta del paraíso de las estanterías en las que comprabas el pan que necesitabas, la carne que cenabas y todos lo que se te asomaba al carro en forma de oferta, lo necesitaras o no. Bien podías ir a por macarrones y volver con una motosierra, barata eso sí, o, al menos, eso creías.

Hasta que un día reventó la trampa. Y la ranura de la tarjeta también tragaba moneda y no daba más macarrones si no llenabas la fardela de los pagos, los intereses y las comisiones casi usureras.

Hasta que un día reventó la trampa y comprobaste que no tenías leña que picar con la motosierra barata, que su ruido además le molestaba mucho a tu vecina y ponía nerviosa a su mascota, que no estaba acostumbrada a esas estridencias.

Hasta que un día reventó la ira, miraste para la tienda y estaba cerrada. Tiraste el carro al río, pero tal vez sea tarde.

df
Mauricio
Peña
Ful
Fulgencio
Fernández

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