Eusebio Núñez Valbuena es Sebito, amigo de muchosde los que fueron sus clientes antes en el bar Montecarlo
Eusebio Núñez Valbuena. SECUNDINO PÉREZ
Secundino Pérez / León
Amparo, una joven que vive en Madrid, mandó un mensaje al móvil de un amigo de León: “cerró Layla, ahora cierra el Montecarlo, ¿qué va a ser de nosotros?”. De esto hace tres años; el bar que regentaba Sebito, una referencia en el barrio de El Ejido, cerraba tras más de tres décadas de trabajo. Allí acudía a jugar la partida Esteban un maestro del colegio del barrio, entraba, se sentaba siempre en el mismo sitio y esperaba a sus colegas y contrincantes. Un ritual repetido por otros muchos que llenaban el bar.A medida que pasaban las horas, los clientes del naipe dejaban sitio para otros como una pareja no asidua que era atendida como clientes habituales.
Y es que para Eusebio “todos son iguales, el que entra un día como el que lo hace a diario, el que toma un whisky como el que toma un vino” matiza este leonés de Villarrodrigo de las Regueras que empezó a trabajar con sólo 9 años en el Universal, el bar de su tío, en el centro de la ciudad y referencia de los años 50. “Llenaba las cámaras y recogía los envases, trabajaba por la comida, había que quitar una boca de casa”. Estuvo hasta los 14 años, entonces pasó a los almacenes Benavides,hasta que su primo, el del bar Ideal, le pidió que trabajara con él. Así lo hizo hasta que pronto encontró un local, cerca de la Catedral, el Montecarlo “que fue mi vida, entré soltero y salí con una hija de 34 y otra de 27 años”, señala Sebito con mirada de nostalgia y satisfacción.
Apenas tuvo tiempo de acudir a la escuela, aunque sí recuerda unas clases nocturnas “a las que iba mientras estaba trabajando, pero las jornadas eran de 15 horas y dejaban poco tiempo para estudiar”. Y en ese instantevuelve la vista atrás y dice: “vi crecer a mis hijas gracias a mis suegros, calidad de vida cero. El día que cerraba iba a buscar a mi hija al colegio, cuando ya tenía 5 años, y la decía ‘¿vamos a tomar una coca cola?’ y ella contestaba: ‘no, no, yo voy con mi abuelito’. Cuando yo salía de casa ellas estaban en el colegio y cuando llegaba ya estaban acostadas”, por eso repite “calidad de vida cero”. Con los años aprendió a tratar con todo tipo de gente, de los que presume mantener la amistad ahora. Valora a todos y matiza: “cada uno es catedrático en lo suyo”. Guarda unos 200 álbumes de fotografías y otros recuerdos de aquel ‘Lo mejor de León sin pensarlo, Bar Montecarlo’, que mantenía siempre impolutos en el bar y hoy esperan tal vez una exposición.
Presume de haber aumentado su agenda de amigos con los años. Mantiene la peña que fundaron en los 90, cenan el primer lunes de cada mes, realiza un viaje al año o acude a los partidos de La Cultural. Cuando cerró el bar “no conocía León”, pero pronto le quedó pequeño hasta que un amigo y cliente le reclamó.Toño le pidió que se fuera con él a La Cava Santa Clara y allí está los fines de semana. “Voy a trabajar relajado con ganas de hacer, porque Tonín es un tipo fenomenal; hay que saber estar a los dos lados del negocio, como dueño y como trabajador.Llevo dentro de mí el oficio y lo llevo con cariño y mucho orgullo”. Pasea al nieto, atiende a los amigos, de quienes destaca siempre a Julio Llamazares “no sólo por cómo escribe”, ahora el tiempo le deja leer sus libros, “sino por cómo es, me alegro de que triunfe, se lo merece”, y no repara en elogios cuando se trata de un amigo aunque este sea político, como Javier Chamorro, al que acompañó en la listas municipales al ayuntamiento. “Lo que más me encantaría y más orgullo me daría en esta vida, y me considero una persona de lo más normalita del mundo, es tener el nombre de una calle” y concluye con tono sincero y noble: “que todo el mundo viva y sea feliz y que tenga un duro para tomar un café que es lo más bonito”.