En cuantas que se nos meten el pueblo en aluvión de veraneantes (en las estadísticas de la Junta buscarlos en el epígrafe de turismo rural) nos entra un azogue como si ya subiera por Matueca la Gripe del Gocho esa que dicen que va a preparar una siega como cuando los guajes americanos cogen una escopeta para ir a darse una vuelta por el instituto. Y es que nadie está más capacitado que la ruralidad para el análisis pues en ella ese tema siempre lo entendimos muy bien. Ya os lo tengo muy dicho, no hay tragedia mayor para un hogar decente que ver a un gocho con fiebres. Puede que también afecte a los humanos, pero eso lleva otro conducto, pero ver al gocho que pierde la alegría del vivir es muy inquietante: ‘‘¿Qué le puede entristecer a un animal que ni se ducha, ni mete la hierba, ni madruga, ni lo llevan al veterinario de la inseminación, ni trabaja...?’’, se preguntaba Mediagorra en una recordada conferencia de la Reserva de la Biosfera.
Malicia de los hogares en los que ante las fiebres del gocho no hay formigueo, son gentes que ni se sabe de qué viven, gente de esas de ducha diaria, almas que no se les conmueve lo más íntimo ni cuando pasan en una noche oscura ante los destellos de las luces coloradas de los bares con señoritas que fuman. Mala raza aquella que ante las fiebres de un gocho no se moviliza.
Nosotros somos otra cosa, gente de cultura clásica, ilustrados en los sermones de cuando predicaba don Rafael, que en el púlpito tenía un tronío que temblaba el misterio aunque subiera a decir la misa en burro. Miraba al cielo, esperaba y cuando el espíritu santo le daba el hablao, bajaba la cabeza y lo decía con una voz que rasgaba el velo del templo: ‘‘Hoy es el día más grande, el día de la Virgen y, como tengo prisa porque amenaza agua y tengo la hierba segada, os voy a explicar lo grande que es muy rápido: La Virgen es como un gocho, de ella se aprovecha todo’’.
Y ahora resulta que las ministras dicen que ellas ‘ya no asujetan el empuje de las gripes’ y hemos tenido que tomar soluciones nuestras, rurales. Menos mal que Mesiapraos hizo la mili en sanidad y se acordó de una ‘cagalera urbi y orbi’ para todo el cuartel. Informaron al teniente de que era un virus y fue contundente: ‘‘Que cierren las ventanas, que si es un virus viene de Zaragoza, no hay que dejarlo entrar’’.
Y aquí estamos, asfixiaos de no poder abrir las ventanas, pero sanos.