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MÚSICA / Concierto

Leonard Cohen encandila a los leoneses

Leonard Cohen no llenó la plaza de toros de León pero sí convenció a quienes ya iban entregados

Un momento de la actuación ayer de Leonard Cohen en la plaza de toros de León, que marcó el inicio de su gira española. MAURICIO PEÑA

F. Fernández / León
Bajaban hacia la plaza de toros riadas de leoneses variopintos. Más puretas que jóvenes, bien es cierto, pero algunos padres llevaban a los hijos con gancho.
- No será para tanto.
- El Curro Romero del género pero que está siempre de quitarse el sombrero.
- Por eso canta en la plaza de toros.
- Y porque es grande.
Otros le dan gracias al cielo por asuntos tan curiosos como que la representante haya dejado al mito sin un duro y se haya visto obligado a ponerse en la carretera de nuevo, con más de 70 años, con mil historias a sus espaldas, con un retiro en un monasterio, con drogas, alcohol y mujeres... Y también con una poesía y una paz en su música que nadie le niega que fue y es única. ‘‘Si sirve para que lo podamos volver a ver bienvenido sea’’.
Se iba llenando la plaza. Se llenó la arena, pero no así los tendidos, hubo muchos claros que provocaban algún comentario de desencanto. ‘‘¿Pero la gente de León qué quiere?’’.
‘‘Cincuenta euros para poder venir’’, señala uno que dice que le ha dolido mucho tener que desenbolsar cien, para él y la parienta, ‘‘pero era inevitable, este tren ya no vuelve a pasar nunca, y menos por León’’.
Leonard Cohen cumple con todos los ritos y a las diez y siete minutos ya se apagan las luces y suena la primera ovación cerrada. Unos segundos después ya está en el centro del escenario y comienza a cantar su primera canción (no me manejo con el inglés para esta crónica de urgencia para ponerles el título) y los espectadores que acuden ya se le entregan. Le reciben con una ovación, le interrumpen en las partes más conocidas de la canción, le acompañan con las palmas en determinados momentos y, de nuevo, otra ovación final.
Los comentarios de los más entregados justifican la comparación con el torero. Están atentos, como en el caso de Curro sus fieles, a todo lo que hace, hacia dónde camina, cómo camina, si hace además de quitarse el sombrero.
Él sigue a lo suyo en un espectacular pero sobrio escenario, como sobrio es su traje gris (creo, estaba lejos) y su sombrero oscuro. Un juego de telas y luces en el escenarioayudan a su imagen de poeta. El público reacciona a cada gesto suyo, si acerca a uno de los miembros de la orquesta o el coro surgen los aplausos. Sigue desgranando canciones, en medio de esa tranquilidad casi zen que habrá encontrado en los monasterios y que siempre mantiene en los conciertos.
Tarda en hablar, pasan dos canciones y no lo hace. Hay apuestas a que algo dirá a los leoneses que fueron a arroparle en el primer concierto de su ‘gira benéfica’, como ironizaba uno de los espectadores. ‘‘Benéfica para él, que también le vendrá bien tener una jubilación tranquila después de tantos años rodando’’.
Y así, en medio de buena música, tranquilidad y un público entregado fueron pasando las horas. Nos dieron las diez y las once, las doce.... No, no era Sabina, era el gran Leonard Cohen, otro mito que nos regaló su música en el mismo lugar que hace unos meses nos la ofreció su amigo Bob Dylan. Fueron parecidos, ya no están en la cresta de la ola, ya no tienen el mercado fácil a sus pies, pero los mitos, los incombustibles, las leyendas.
Y, como en las buenas tardes de Curro, hubo arte para regalar.

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