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COLABORACIÓN

Aquellos veraneos de Madoff

El periodista leonés Carlos de Vega cuenta cómo eran las vacaciones de uno de los grandes culpables de la crisis

Expectación a las puertas de la casa de Madoff en Nueva York, el día que saltó el escándalo en los Estados Unidos. REUTERS

Carlos de Vega / León
El sol ha vuelto a los campos de golf, las mansiones se han llenado un año más de sus huéspedes millonarios y por las calles circulan otra vez los Rolls Royce sin hacer casi ruido. En la postal de este verano de Palm Beach falta un personaje. Bernard Madoff, el financiero al que los vecinos consideraban el genio del dinero y que resultó ser un monstruo. Visité hace unos mesesesta pequeña isla del sur de Florida siguiendo la pista de los Madoff. Un reducto del lujoque se convirtió en el lugar perfecto para el timador y un reflejo casi exacto de su personalidad. Una de las claves del engaño fue durante años el secretismo que Madoff cultivó con sus clientes. Palm Beach es un lugar que quiere escaparse del mapa. A los diez mil millonarios que pueblan este territorio no les gustan las visitas,así que han conseguido eliminartodas las señales de tráfico que indican que hemos llegado a su refugio. Han construido mansiones de estilo clásico que han protegido con setos enormes. En las calles es casi imposible aparcar y la costa es una colección de playas privadas en las que el acceso está prohibido para los turistas o los curiosos.“Es un país dentro de otro país separado de la realidad de Estados Unidos —me cuenta el escritor Laurence Leamer, afincando en Palm Beach desde hace años—. Viven aquí en un mundo paralelo”
La casa que compraron los Madoff a mediados de los años 90 es de las más modestas. Ochocientos metros repartidos en dos plantas. Fachada de madera verde, árboles tropicales en el jardín y un embarcadero en el que atracaba el Bull, el yate de siete millones de dólares que Madoff compró en Francia y que ahora está en manos de la policía. Éste era el refugio del timador, el lugar desde el que construyó su imagen de hombre tranquilo reservado y familiar al que se le podía confiar el dinero. Junto al secretismo, la exclusividad. A unos metros de la mansión se encuentra el espacio en el que Madoff captaba a sus incautos: El Palm Beach Country Club, el campo de golf para los judíos de la isla. Aquí el racismo está a la orden del día.Discriminación entre millonarios. A unos metros del club de golf judío está el de los blancos cristianos. Son los dos grupos que se reparten el poder y los contactos en Palm Beach. Casi sin mezclarse. Madoff se juntó con los suyos. “Era uno de ellos, imposible sospechar de alguien así —cuenta Leamer— le confiaban todos sus ahorros sin preocuparse por diversificar sus inversores. Madoff era el bono judío, el lugar más seguro en el que invertir los ahorros”.
Bernie encajaba también perfectamente en el juego de las apariencias de esta isla lleno de dinero de herencias y consejos de administración. De vez en cuando se le veía pasear por la calle Worth, el lugar de las tiendas de lujo, y entrar en su local favorito para comprarse algo de ropa. El nombre lo dice todo, TRILLION. Aquí se vestía Madoff. Pantalón marrón y jersey azul. Compraba las camisas por docenas. Todo arreglado a mano por los sastres portugueses que trabajan en la trastienda. Todo a precios exclusivos. “Este puede parecer un jersey azul normal —explica el encargado del local David Neff— pero no lo es, está hecho con las mejores lanas”Unos 700 euros cuesta el jersey.TRILLION fue el último exceso que se permitió. Aquítodavía recuerdan que días antes de ser arrestado compró los últimos pantalones italianos.
Este verano las joyerías y las inmobiliarias están más vacías que otros años.Algunos de los antiguos amigos de Madoffse han convertido ahora en víctimas arruinadas obligadas a deshacerse de todo para poder seguir adelante.Ellos no son los únicos que faltan en esta postal veraniega.La crisis termina, de momento con los ricos recién llegados gracias al ladrillo, los sabios de Wall Street, el dinero fácil y rápido. Se acabó el festín en el lugar de las mansiones ocultas y los yates recién pulidos. Este no es un verano cualquiera.

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