Aún no es el ‘oro verde’ de los 70, pero Carrizo sueña con otra época de esplendor para su producto estrella
Stand de la asociación de cultivadores de lúpulo en la feria de la cerveza de Carrizo de este fin se semana. MAURICIO PEÑA
Manuel C. Cachafeiro / León
No será la cosecha del siglo, pero será importante. El lúpulo, el cultivo que da el sabor amargo a la cerveza y esa espuma que la hace diferente, vuelve por sus fueros. Carrizo de la Ribera es más que nunca la capital nacional gracias a una planta que, aunque se haya intentado cultivar en Cataluña y Galicia, y de hecho se cultive en otras latitudes, tiene en esta zona de León el mejor terreno y las mejores condiciones climatológicas —duras en marzo cuando se planta, calor en verano cuando crece y tiempo más templado en septiembre cuando se recoge— para renacer después de años de olvido y pocas expectativas de negocio.
Hoy, la Sociedad para el Fomento del Lúpulo -integrada por cultivadores y la patronal cervecera-, con sede en Villanueva de Carrizo, controla el mercado nacional, a expensas de alguna marca regional, lo que hace muy rentable el cultivo para el agricultor, que no sufre los vaivenes de un mercado inestable en la mayoría de los productos del campo. Toda la cosecha de lúpulo se compra y, salvo años excepcionales, no hace falta ni plantearse tener que exportarlo.
Después de años de vacas flacas, aún quedan casi 500 productores, la mayoría del Órbigo, pero también de las vegas del Tuerto y algo del Torío, según Pablo Fernández, presidente de los cultivadores. “Casi todo está de León, salvo un socio que tenemos en Santo Domingo de la Calzada, en La Rioja”, explica.
Para confiar en esos nuevos ‘brotes verdes’ hay que conocer la historia. La historia del lúpulo en Carrizo comenzó después de la contienda nacional. La II Guerra Mundial contribuyó a que las fábricas de cerveza sufrieran más problemas si cabe para abastecerse debido a la práctica paralización de las importaciones y la política de autoabastecimiento promovida por el franquismo. Por esas dos razones, el 23 de mayo de 1945, el Gobierno aprobó un decreto para fomentar el cultivo del lúpulo a través de una concesión administrativa. La Sociedad para el Fomento del Lúpulo se levantó en Villanueva de Carrizo por acuerdo de la práctica totalidad de las fábricas de cerveza existentes en España en ese momento. Ya entonces las marcas punteras eran empresas como El Águila, Damm, La Cruz del Campo, Hijos de C. Mahou, Moritz, El Águila Negra... Otras menos conocidas -La Estrella de Gijón, Franquelo, La Tropical, La Salve...- también participaron en la nueva empresa, aunque con los años fueron desapareciendo. En sólo tres lustros, con la llegada de los años 60, la nueva agrupación logró su objetivo de abastecimiento nacional. El cultivo se concentró en provincias de León, Asturias y La Coruña hasta ir quedándose paulativamente en la zona del Órbigo. A finales de la década de los 60 y, sobre todo, en los 70, el lúpulo se convirtió en el “oro verde” de estas tierras de una de las riberas más ricas de la provincia. “Llegó a ser un cultivo de gran rentabilidad para el agricultor, porque contaba con unos ingresos garantizados, al contratarse toda la producción con varios años de anticipación”, recuerdan en la Sociedad para el Fomento del Lúpulo.
Sin embargo, la incorporación de España a la Unión Europea representó un gran mazazo. Se acabó con la concesión y se liberalizaron las importaciones. La Sociedad para el Fomento del Lúpulo pasó a ser una empresa más. Incluso algunas marcas buscaron el producto amargo en otros países para dar un sabor especial a sus cervezas.
Con todo, los cultivadores del Órbigo, integrados en la llamada Sociedad, no se quedaron atrás y decidieron poner en marcha un ambicioso proyecto de investigación, que culminó en 1996 con un programa de investigación que dio con el mejor lúpulo posible del mercado. Las tradicionales H-3 y h-7 fueron sustituidas por las denominadas variedades súper amargas (nugget, magnum y columbus).
Prueba de ese nuevo camino fue también el derribo de las viejas instalaciones y la construcción de unas nuevas naves en los mismos terrenos de Villanueva de Carrizo. No sólo se trataba de mejorar las infraestructuras, sino también de dar una señal clara de que Carrizo y el lúpulo no se iban a quedar atrás.
Hasta aquí, la historia. Una historia que ahora también se intenta exponer en un centro de interpretación del lúpulo que promueve el actual alcalde, José Luis Martínez Matilla. Pablo Fernández, el presidente de los cultivadores, se muestra más que optimista. Sobre todo porque los precios son estables. “No nos podemos quejar. El futuro es alentador. Lo malo ya ha pasado”, comenta.
Según datos de la Sociedad de Fomento del Lúpulo, León contaba en 1986 con más 1.600 hectáreas dedicadas a la producción de la flor que proporciona el amargor a la cerveza. Una cifra que se redujo a la mitad a finales de los años 90 hasta estabilizarse en torno a las 700 hectáreas con la llegada del nuevo milenio.
Los cultivadores también se han reducido. De los 2.500 de 1984 a los 500 actuales. Sin embargo, hoy más que nunca el sector puede volver a florecer gracias a la decidida apuesta de la Sociedad para el Fomento del Lúpulo, que controla el mercado nacional desde León.
Desde algunos sectores agrarios se pide también que se favorezcan las grandes extensiones de terrenos y la mecanización del cultivo. Para algunos agentes sociales, ése es el camino que debe afrontar el lúpulo en el recién iniciado siglo XXI. Sin embargo, esas expectativas chocan con una idea histórica de minifundios y mano de obra de carácter familiar.
A favor del lúpulo está también una imagen positiva de la cerveza. Como el vino, se considera una bebida saludable con un consumo moderado. Según algunos expertos, aporta beneficios para la salud en el marco de la dieta mediterránea y posee un efecto preventivo frente a las enfermedades cardiovasculares y el cáncer. Carrizo no puede pedir más. El éxito de la feria de la cerveza lo dice todo.