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UNA PROVINCIA EN BLANCO Y NEGRO


Una fiesta que dura
hasta que se rinden

Los pueblos grandes contratan orquesta, los pequeños imaginación. Los pueblos grandes organizan y pagan las fiestas, los pequeños las inventan. En los pueblos grandes los asistentes miran para la orquesta y los hombres para la cantante; en los pequeños bailan pues no hay cantante en el templete. Los grandes conjuntos comienzan a tocar de madrugada y al acabar desmontan y se van, las orquestas de pueblo tocan hasta que les mandan parar y después los levantan para el baile vermú o incluso para tocar el himno en la misa mayor, a la alzada.

En lugares con pocos fondos para derrochar en orquestas y cantantes inventaron una solución para empalmar la verbena con el baile vermú: las dianas.

Las dianas son las fiestas sin límite ni normas, de los disfraces caseros, el orujo y las pastas, el anís con bizcocho, el vino y el chorizo, el pasacalles al son de tambor y saxofón que con el paso de las horas llega a ser sofocón. Las dianas podrían ser el paraíso soñado de los guardias civiles que ponen el alcoholímetro en las carreteras pero en estas fiestas el único vehículo homologado es el carretillo para recoger mareados.

Las dianas se acaban cuando ya no queda nadie en pie, cuando se rinden los más resistentes, cuando los más valientes se tumban al sol a dormir.

Las mujeres tardaron en incorporarse a las dianas y a los niños había que vigilarlos contra el contagio.

 
Ful
Fulgencio
Fernández

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