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GENTES DE LEÓN / Ulpiano y Carmen Álvarez / 81 y 100 años

Carmen y Pano, primos y hermanos en La Omañuela

La centenaria y su primo Ulpiano sufrieron duros inviernos en su pueblo

Ulpiano y Carmen Álvarez.

Fulgencio Fernández Riello
Siempre nos llevamos muy bien, somos primos carnales y teníamos las casas juntas, pared con pared, y cuando nevaba y esas cosas yo siempre me acercaba a llevarle la leña, para abrirle senda para que pudiera salir de casa...’’. Así explica Ulpiano, de La Omañuela, cómo fue su relación durante muchos años con su prima carnal Carmen Álvarez, que el pasado día 6 cumplió cien años y el domingo le realizaron un homenaje en la residencia de ancianos de Riello, donde la centenaria lleva algo más de un año viviendo. Hasta entonces permaneció en el pueblo en el que había nacido, en la casa familiar, en La Omañuela, excepto un invierno que lo pasó con una sobrina y se quedó solo Ulpiano (Pano). ‘‘Pero solo, solo, pues aquel año no quedó ningún vecino más en el pueblo, fue algo duro pero uno está acostumbrado. Ahora quedaremos seis o siete personas a pasar los inviernos’’, explica Pano, que a sus 81 años está en un excelente estado físico y con gran lucidez mental.
Tampoco se puede quejar Carmen de cómo ha llegado a los cien años. Es cierto que está perdiendo mucha vista pero mantiene una considerable lucidez, oye relativamente bien y come. El domingo era perfectamente consciente de lo que ocurría cuando una mujer asturiana le recitó unas coplas sobre su vida o cuando el alcalde del municipio, Cipriano Elías Martínez, le entregó una placa: ‘‘Yo no tengo méritos para estas cosas’’, decía la centenaria.
Pero sí se emocionó cuando un concejal le entregó un ramo de flores. Y es que ese concejal, Caqui, es además uno de los pocos vecinos que aún viven en La Omañuela y el taxista de la comarca, el que muchas veces la acercó a Riello.
– ¿Sabe quién es?; le preguntaron a Carmen.
– De sobra lo sé.
Fueron las de Carmen y Ulpiano dos vidas paralelas en este pequeño pueblo de Omaña. ‘‘Los dos hicimos la vida allí. Yo salí poco y ella nada hasta aquel año que fue con una sobrina y ahora cuando ya tuvo que venir para la residencia de Riello’’, explica Pano, quien recuerda que en esas biografías similares figura aquella infancia de niños que ayudaban en casa en lo que podían, en el campo y la ganadería. ‘‘Los dos fuimos pastores, cuidamos las vacas en los montes, ayudamos en casa y después trabajamos en todas las faenas de la comarca: ordeñar, meter la hierba, arar, sembrar... A mí me tocó, como a todos, y a Carmen también, que eran muchos hermanos, siete u ocho, ya no me acuerdo’’.
Sí recuerda la guerra y la posguerra. ‘‘Debió ser mala en todos los sitios pero aquí yo creo que más, de aquello casi es mejor ni hablar’’, dice Ulpiano, y Carmen cuando le hablas de la guerra cierra los ojos y agacha la cabeza. No hace falta que diga nada.
Los hermanos de Carmen fueron muriendo y esta omañesa, soltera, se fue quedando sola en la casa familiar. Sola no, nunca, en la casa de al lado, casi pared con pared, estaba su primo Pano, un tipo bueno y siempre pendiente de ella, siempre atento a si necesitaba leña o cualquier otra cosa: el pan, cosas de la tienda, senda para poder salir de casa y en los últimos años muchos días le hacía la comida. ‘‘Nada extraordinario, somos primos y siempre nos llevamos bien’’.
Y Ulpiano sigue mirando desde lejos, casi escondido, los homenajes que le hacen a Carmen por haber cumplido cien años, rodeada de la familia. ‘‘Bien lo merece, no solo por los años, sino porque siempre ha sido una mujer muy buena y trabajadora’’.

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