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EL CASTRO / Eduardo Bajo A.

¡Qué derroche de valor!

El Sindicato de las Policías Locales de España llama la atención sobre los males profesionales de este colectivo. Como cualquier sindicato, cualquier mejora de sueldo se encubre entre una letanía de más medios, mejores condiciones, más efectivos y reconocimiento a una labor que habría de redundar en beneficio de la convivencia ciudadana.
Sin poner en duda estas reivindicaciones hay que admitir que, frente a la buena imagen entre la población de las otras policías, los municipales no encantan. En primer lugar, porque apenas se los ve. ¿En qué quedó lo de la policía de barrio? ¿De qué barrio se trata? Si un ciudadano o turista busca a quién preguntar por una calle, el guardia no aparece; si hay una acera peligrosa por falta de una rejilla, nadie dará constancia; si un día colocan unas señales o unas vallas prohibiendo aparcar, pueden estar semanas con el único efecto de incomodar a viandantes y automovilistas; si en la calle con motivo de una boda o cualquier evento se tiran petardos, tracas e inmundicias, no los llame, porque no acudirán. En fin, una serie de males, pequeños o grandes, que no propician el espíritu cívico o la convivencia.
Capítulo especial, merecería la desidia en el viejo León y, en particular, los alrededores del Húmedo. Siempre arden los mismos contenedores; siempre se arrancan las mismas papeleras; siempre se deterioran los coches de la misma calle. Si los delincuentes vuelven todas las semanas al lugar del delito ¿no sería fácil echarles mano? Pero, claro, habría que estar ahí. Mucha cámara, mucho radar y tecnología; mucho paseo en moto y coche... pero trabajo de a pie nulo. Eso sí, cuando se trata de perseguir a cuatro manteros –cuatro– se llenan las calles de guardias en plan guerrilla urbana. ¡Qué derroche de valor! Con todo, algo hemos mejorado desde aquellos tiempos en que todos los municipales de León, como los serenos de Madrid, eran del mismo pueblo.

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