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HISTORIAS DE QUÍ

Leoneses por amor a su pueblo

La Fundación Antonino y Cinia de Cerezales se ha convertido en referente de los benefactores leoneses

Imagen de Gregorio García

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M.C.C./ León
La antigua escuela de Santiagomillas es hoy el Museo de la Arriería. Está situado en uno de los dos barrios en que se divide esta localidad maragata, el de Arriba. Es una construcción de principios de siglo pasado y originariamente fue la vivienda de Julián Alonso Rodríguez, un ‘indiano’ nacido en el pueblo.
A su muerte, en 1915, Julián primero donó su casa para escuela de niños y vivienda de la maestra. Ése fue su uso durante décadas hasta convertirse hace poco en referente de la cultura maragata.
En muchos pueblos de León se repite el ejemplo de Julián. Son los pequeños benefactores. Gentes que un día dejaron todo para disfrute de sus convecinos. Pequeñas y grandes fortunas. Cerezales del Condado se ha convertido en el espejo del amor de los leoneses por sus pueblos, con la Fundación Antonino y Cinia, los dueños de la marca de cerveza mexicana Coronita y el Grupo Modelo, pero hay muchos más.
Cerca de Santiagomillas hay otro caso, y es el del aviador del ejército republicano Gregorio García, que a su muerte en 2005donó todos sus bienes a los servicios sociales del Ayuntamiento de Astorga.La herencia ascendió a360.000 euros en metálico y una casa en la calle San Juan.
En otros casos, los benefactores lo dejan a una entidad religiosa. Es el caso de Julia González Altuna, viuda del conocido empresario leonés afincado en Madrid Baltasar Ibán, quien a su muerte dejó todos sus bienes al Obispado de León para crear la Hospitalidad de Lourdes en los años 70 del siglo pasado. La asociación realiza hoy una importante labor social de atención a personas mayores y enfermos con la gestión del patrimonio de doña Julia.
Al hablar de benefactores leoneses no se puede olvidar el ejemplo de Conrado Alonso. El recuerdo de Charo, su mujer, ya fallecida, le ha llevado a donar recientemente 20.000 metros cuadrados de terreno para crear el mayor parque de La Bañeza, la otra pasión de su vida junto a su mujer. “Mi padre también era una persona muy altruista”, dice Conrado para restar importancia a un gesto que pocas veces se ve en la provincia de León. “La Bañeza no tiene un gran parque infantil. Eran fincas de Charo y mías que ahora llevarán su nombre”, dice desde su retiro en la ciudad de los imperiales.
Los dos casos más conocidos últimamente han sido la herencia de una señora que cedió todos sus ahorros a los más pobres de Sahagún y una vecina de León que ha donado 600.000 euros al Obispado de León para levantar una iglesia en el barrio de La Lastra.
En Sahagún, la última voluntad de Alicia del Valle Díez todavía colea. Esta mujer, que residía en Madrid, dejó 410.000 euros. Lo primero que tuvo que hacer el Ayuntamiento fue fijar unos criterios por los que alguien podía ser considerado pobre en la villa facundina. Tres fueron: estar empadronados, tener más de 18 años y no superar una renta anual de 6.988,80 euros. Cada año, durante diez, se repartirán de esta forma 34.400 euros.
Muchos vecinos apenas se acuerdan de ella. Al parecer, durante algunos años, veraneó en el pueblo. Allí habría ‘descubierto’ su admiración por San Juan de Sahagún, el santo más universal de la villa. Todo, sin embargo, son hipótesis, basadas en la aparición entre sus efectos personales de un libro sobre el santo, donde en una página marcada se decía: «y sepan los casados que si no les dan herederos, que es porque el Señor quiere que lo sean los pobres, y que sus ánimas sean más ricas de gloria en el cielo».
El mutismo rodea en cambio la última voluntad de otra mujer, esta vez de León, que donó nada menos que cien millones de las antiguas pesetas para una nueva iglesia en la zona más moderna de León, aunque ahora inacabada por la crisis del ladrillo, como es el barrio de La Lastra.
Pese al parón de la construcción, el nuevo templo se construirá, según el Obispado, en una parcela de 3.000 metros. En este caso, el mutismo llega a tal punto que se sabe que ha muerto hace poco sin querer recibir el más mínimo reconocimiento público.

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