UNA IMAGEN Y 242 PALABRAS

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Los bachilleres, las bachilleres, encaran la recta final de su verano, de sus vacaciones, de sus aventuras. El instituto espera a la vuelta de la esquina, ya han regresado a sus casas en la ciudad, ya se han ido los visitantes que conocieron en el pueblo, en la playa, en la crisis. Todavía echa humo el móvil y rebosa de diálogos el messenger, que es un filandón sin fronteras sobre los amores y los recuerdos, sobre lo vivido y lo soñado, sobre lo que pudo ser y finalmente no se sabe si podrá ser. Pero son conscientes de que sólo se trata de una prolongación artificial que evita aquellos finales bruscos, aquellos adioses apresurados en las últimas horas de la última verbena del último día. Todo se lo cuenta al río, como se lo han contado tantas veces otras adolescentes enamoradas o desencantadas. El río es el mejor bálsamo. Sus aguas y sus sombras le contarán que no hay nada nuevo bajo el sol, que en muy pocos días, cuando comiencen las clases, habrá en su clase otro joven al que le jurará amor aún más eterno que el que prometió en los calores del verano, el que ahora la tiene melancólica y abatida, soñando que este fin de semana aparecerá, que le llamará desde la estación de autobuses para decirle ‘‘estoy aquí’’. El río guarda en sus aguas mil historias como la que le cuentas. El río siempre tiene la solución. |
![]() Mauricio Peña |
![]() Fulgencio Fernández |
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