Javier Santiago / Ponferrada
Entre la espesura, como un latigazo de luz, apareció Rubén Vega. El eterno incomprendido, el primer criticado cuando las cosas no van bien, el que nunca se esconde, volvió a surgir para engrandecer su figura a base de genialidades cotidianas. Su maletín de mago no se abrió hasta después del descanso, pero de él salieron los funambulismos necesarios para dinamitar un partido trabado y sudoroso.
En esta categoría cada equipo sabe a lo que juega. Todos conocen sus límites y sus virtudes, así como las fórmulas para disimular los unos y acentuar las otras. El Compostela compareció sobre El Toralín con una apuesta clara por desactivar a la Ponferradina. Consiguió su propósito de ceñir el partido a un cuarto del campo, se atrincheró ante la frontal de su propia área, achicó al máximo los espacios y así, convirtió el juego en un infructuoso monólogo de los blanquiazules.
Estos se armaron de paciencia y exploraron todos los caminos posibles para encontrar rumbo hacia el guardameta Pablo. En el primer minuto, cuando no había pasado tiempo suficiente par que ambas escuadras mostrasen sus planes, Berodia firmó un cabezazo leve que no ofreció problemas al portero. Eso fue todo.
A partir de ahí, el Compostela se encontró con el partido a su gusto y la Ponferradina trató de pelearse contra la defensa y contra su propia impaciencia. Así hasta el borde del descanso, cuando dos minutos de emociones alertaron de lo que iba a pasar un cuato de hora después.
Rubén Vega empezó a ejercer de ilusionista con un impecable zurdazo que envió la pelota al larguero. Y luego Berodia obligó a lucirse a Pablo con un remate de cabeza.
Pero llegó el descanso y, tras él, el show de Rubén Vega. Con el público reencontrándose aún con el asiento, el maragato recibió un balón sólo en el área. En el territorio donde otros tiemblan, el está cómodo. Lo detuvo, recortó suavemente a un defensa y, con la zurda, lo depositó con amor asesino en la red.
Y un suspiro después, diseñó un pase majestuoso para habilitar a Berodia mano a mano contra el portero. El disparo del delantero blanquiazul se iba hacia dentro, pero, por si acaso, Víctor Salas lo remachó sore la misma línea.
Con dos a cero, todo parecía resuelto. Pero la emoción del fútbol reapareció en El Toralín con la Liga. Un despiste comunal de la defensa permitió al Compostela recotar distancias cuando Iván, mano a mano con la generosidad de la zaga, logró revitalizar a los gallegos.
De ahí en adelante, estos demostraron que también saben ser ambiciosos cuando el marcador lo obliga. Encontraron un aliado en el despiste general que se desencadenó cuando un sujeto saltó al campo para celebrar el tanto compostelano. Las maniobras que acabaron con la expulsión de un grupo de aficionados visitantes desviaron la atención del césped y acentuaron el clima de tarde rara.
Mariño envió estrelló en el laguero el mayor susto para los locales. Pero la calma apareció de nuevo en forma de gol. El balón recorrió el campo de banda a banda mimado por Ivi, otra vez el majestuoso Rubén, Berodia y Zamora, que cañoneó el tercero y dio pie a una fiesta y muchas ilusiones.