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GIMNASIA RÍTMICA / Una historia de superación más allá del deporte

Aquella niña llamada milagro

Una plástica imagen de Carolina Rodríguez hace justo una década, cuando festejaba sus primeros éxitos como gimnasta.

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C. F. Buitrón / León
Cuando Carolina Rodríguez salió del tapiz de Mie (Japón) coronada como una de las 20 mejores del mundo, la gimnasta leonesa miró a su derecha y vio a Ruth Fernández que la seguía con la vista desde el borde de la pista. Carolina sonrió, siguió avanzando y se fundió en un abrazo con su entrenadora. Acababa de convertirse en una de las grandes del mundo. Era el premio a la constancia, a la tenacidad, a la fe inquebrantable. Era el resultado de muchos años de trabajo en silencio, de saltar las zancadillas que la vida y el deporte le habían ido poniendo.
Aquel día, Carolina festejó mucho más que un éxito que llevaba casi dos décadas cocinando. Lejos quedaba la primera vez que se puso una malla, un día cualquiera de mediados de un mes de septiembre como el que la acababa de coronar, pero de hace 18 años. Aquella tarde, una niña risueña cruzaba por primera vez la puerta del gimnasio Ritmo. Era una más de las que cada tarde tomaban contacto con la gimnasia rítmica en aquella pequeña sala de la calle San Agustín de la capital leonesa. Carolina era una niña más, pero era diferente al resto. Como casi todasera menuda, pero tenía algo distinto que no tardó en apreciar Ruth Fernández, la entrenadora leonesa que siete años antes había convertido en realidad su sueño de compartir su pasión por la gimnasia rítmica con las niñas leonesas.
Ruth supo ver que Carolina no era una niña más. Tenía algo que no habitaba en las demás. Una expresividad que asombraba, una enorme capacidad de trabajo y una innata facilidad para repetir los movimientos más complejos que le enseñaban en el gimnasio.
Carolina Rodríguez tenía la materia prima necesaria para llegar a ser una campeona como la que con el tiempo ha forjado Ruth Fernández. Pero llegar a la elite no ha sido fácil. Desde que con apenas once años pisó por primera vez el podio de un campeonato de España, Carolina empezó a ser conocida en España como la ‘gimnasta milagro’. Nadie merecía más que ella ese apodo. Hoy en León no hay grandes medios para la práctica de la gimnasia rítmica, pero comparado con aquellos años de mediados de los 90 la situación es privilegiada. Entonces el Club Ritmo no existía para las instituciones. Marginadas, llegaron a inscribirse como club asturiano. No tenían apoyos, ni siguiera un lugar normal para entrenar.
La iglesia de San Pedro de Puente Castro fue su primer pabellón. Allí, en una planta de cruz, Carolina y sus compañeras de aventuras preparaban los ejercicios con los que empezaban a asombrar en España. Nadie se podía creer cuando la veían en los Campeonatos de España que aquella niña que bordaba la gimnasia no tenía un lugar en el que trabajar con unas comodidades mínimas. Efectivamente, aquello que conseguía era un milagro.
Parecía imposible empeorar las condiciones de trabajo. No lo era. Más zancadillas. La iglesia ya no estaba a su disposición. El ‘pabellón’ pasó a ser una nave industrial. Una fábrica de terrazo a varios kilómetros de León reconvertida en ocasional campo de entrenamiento de medio centenar de gimnastas. Carolina seguía creciendo y protagonizando milagros. Seguía siendo la mejor de su generación, pero tenía que tomar una determinación. O se iba de casa para entrenarse en Madrid, como un deportista normal, o su carrera deportiva tendría fecha de caducidad a muy corto plazo.
No fue fácil para una niña de 13 años hacer la maleta y plantarse en Madrid para entrenarse seis horas diarias. Instalada en una residencia de deportistas todo era más fácil. Llegó a la selección absoluta. Primero como individual y en 2004 formando parte del conjunto que competiría en los Juegos Olímpicos de Sidney en 2004. Carolina Rodríguez ya era olímpica. El sueño de una deportista hecho realidad.
Todo parecía color de rosa, pero quienes conocían bien a la gimnasta leonesa la veían apagada. Seguía manteniendo su sonrisa porque ésa la lleva grabada a fuego en su cara, pero su mirada era triste. Empezaba a sufrir con la gimnasia en lugar de disfrutar con ella. Aguantó tres años más y al final de la temporada 2007 decidió que no merecía la pena seguir sacrificándose por un ideal que ya no era el suyo, ni pelearse con la incomprensión de una seleccionadora sin criterio. Como había hecho siete años antes hizo la maleta para emprender el viaje en sentido contrario. Madrid quedaba atrás. El sueño de la niña que un día entró en el Club Ritmo también. Tenía 21 años y no quería saber nada de un deporte que la había defraudado.
Ruth Fernández volvía a aparecer en escena. La convenció como sólo puede hacerlo quien ha visto crecer a su campeona. La implicó para que entrenara a sus gimnastas más pequeñas, para que compartiera su sabiduría con las niñas que cada tarde la miraban boquiabiertas. Después la convenció para formar parte del conjunto. Casi sin pedírselo Carolina volvía a estar compitiendo. Entrenándose sin las comodidades de Madrid, menos horas que nunca, la leonesa ganaba a las gimnastas de la selección española.
Volver a la elite no era siquiera un sueño para ella. Eso sí sería un milagro. Y la ‘gimnasta milagro’ estaba dispuesta a protagonizarlo. La anterior seleccionadora pasó a la historia negra de su deporte y al cargo llegó una búlgara, Efroshina Angelova, que supo apreciar en Carolina lo que no vio su antecesora. Las jóvenes de la selección estaban demasiado ‘verdes’ para liderar el equipo nacional. Carolina era la gimnasta perfecta para que pudieran madurar sin presión. Le propusieron ser la primera gimnasta del equipo español. No lo dudó. Aceptó el reto con dos condiciones: trabajaría en León y Ruth sería su entrenadora.
El Ayuntamiento y la Universidad le dieron las facilidades que no había tenido una década atrás y apenas un año después, Carolina volvía a ejercer de ‘milagrera’. Ni una lesión de tobillo que la tuvo en la antesala del quirófano un mes antes del Mundial pudo con ella. Llegó a la final del Mundial. Estaba más arriba que nunca. Donde tratará de aguantar un par de años más para volver a ser olímpica y poder retirarse estando en lo más alto, con la cabeza muy alta, instalada en la elite. Donde nunca debió dejar de estar aquella niña que hace 18 años cruzó las puertas del Gimnasio Ritmo. Allí donde estos días llegan nuevas niñas para empezar el curso. Con el sueño de ser como Carolina. Allí estará Ruth para recibirlas y ver en ellas a futuras campeonas. Allí estará, Carolina, aquella niña llamada milagro, para ser el mejor perfecto ejemplo de superación.

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