UNA IMAGEN Y 232 PALABRAS

Se suicidan hasta |
Si nuestros abuelos levantaran la cabeza y vieran a sus nietos regando las tierras con miles y miles de litros de leche pedirían a sus dioses que los enterraran mucho más profundos de lo que estaban en sus nichos y cerraran las lápidas con tres candados, como los de las viejas arcas de la justicia y las ordenanzas comunales. Después de años y años, de vidas y vidas, sentados en las viejas banquetas de madera para arrancarle a las ubres de las vacas unos litros de leche jamás podrían entender que ésta acabara de riego para las patatas o esparcidas por las carreteras como protesta por unos precios que no cubren ni los gastos de hierba y pienso. Ordeñar la leche era mucho más que un trabajo, era el sustento. Un tazón de leche calentada sobre la chapa de la cocina y bien migada de pan de hogaza era una forma de arrancar el día que nadie cambiaría ni por el mejor de los manjares. Una rabanada de pan untada con la manteca que la abuela le arrancaba a la leche recién hervida y batida en la mazadera era un tentempié de media mañana insustituible. Unas sopas de ajo para irse a la cama requerían un chorro de leche recién ordeñada sobre ellas. Si levantaran la cabeza verían el fin, el agravio y el desprecio, y harían como las vacas de peluche. |
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