Creció admirando a sus paisanos escritores Gilberto Ursinos, Pereira y Carnicer, leyó un verso de Gamoneda que decía ‘La belleza no es un lugar donde van a parar los cobardes’ y supo que sólo podía ser poeta
El poeta villafranquino Juan Carlos Mestre ante una de las estanterías de la histórica biblioteca de la Fundación Sierra Pambley. M. MARCOS
Fulgencio fernández / León
Ya ha pasado el día de las entrevistas, las llamadas de teléfono, las felicitaciones... Ya está preparando la maleta para ir con sus versos a otra parte y el nuevo Premio Nacional de Poesía vuelve a ser Juan Carlos Mestre, ‘el hijo del panadero de Villafranca’.
Viajemos hasta su infancia, a su tierra, a Villafranca. Una tierra de poetas, de escritores, de creadores ¿Tuvieron ellos algo que ver con su vocación poética?
Por supuesto. La fundación de mi memoria y de mi militancia en la poesía, siendo el hijo de un panadero que descubre una mañana que la poesía es su única posibilidad de existencia, está estrechamente vinculada a ese pasarse la bola de fuego de unos poetas a otros.
¿Puede ponerle nombres y momentos concretos a esos recuerdos villafranquinos?
Por supuesto. No olvidaré jamás la mañana en la que el joven poeta Gilberto Ursinos, que fue la primera persona que reparó en aquellos versos que escribía el hijo del panadero, llegó a mi casa para anunciarme que me habían dado un pequeño premio local en un concurso de poesía.
¿Cómo fue ese darse cuenta de que la poesía era su única posibilidad de existencia?
Yo era un joven tendente a la melancolía, heredada de aquellos seres singulares e irrepetibles que fueron en mi pueblo Gilberto Ursinos, Antonio Pereira y Ramón Carnicer, gente alta en la personalidad y gente conmovedoramente generosa, de los que solo tuve siempre la mano tendida.
¿Y el primer impacto en forma de verso, aquella lectura que le impresionó?
También lo recuerdo, con nitidez. Yo era todavía un adolescente que estaba leyendo un libro heredado de Gilberto Ursinos. Era de Antonio Gamoneda, ‘Sublevación inmóvil’, y entró en mi cabeza un verso que no olvidaré jamás: ‘La belleza no es un lugar donde van a parar los cobardes’. Para mí fue como una revelación definitiva, pensar que detrás de las palabras había un proyecto espiritual, que todo lo relacionado con aquello que a mi más me gustaba estaba de alguna manera vinculado al elogio de la dignidad humana heredado de estos seres irrepetibles que eran Ursinos, Ramón Carnicer o Antonio Pereira.
¿Nace así una poesía vinculada a una forma de estar en la vida, a un compromiso?
La conciencia ética de la poesía es para mí una capacidad de escuchar la voz del otro. Y el otro siempre es el derrotado, el expulsado, el desahuciado, el silenciado, el negado. Es la alianza con los débiles, con aquellos que no tuvieron voz y con aquellos que a través de las épocas desobedecieron los lenguajes normalizados del poder. Eso nos lo enseñó el maestro Gamoneda y ésa era la sonrisa de la libertad y el aprendizaje permanente en las palabras y en la forma de vivir de Antonio Pereira.
¿Qué es la poesía?
Acaso no sea otra cosa que el lenguaje de la delicadeza humana, una manera de enfrentarse y de resistir al mal, alejándonos de las normativas que nos obligan a la conducta poco ejemplar de esta sociedad de consumo para dar dos pasos y situarse en la periferia de los disidentes, de los que levantan la voz para decir ‘tengo derechos, soy inocente, no me mates’. La poesía es una actitud de resistencia moral contra todas las normas que hipotecan la dignidad del ser humano, lo único para mi sagrado de la condición de la existencia.
La dignidad, la pobreza... son algunas de las palabras que Antonio Gamoneda paseó por el mundo cuando le asomaron a todas las tribunas que le abrió el Premio Cervantes. Le contó su verdad a quien quiso escuchar, desde el Rey a el último pueblo de Hispanoamérica.
Antonio Gamoneda es uno de los hombres más conmovedores que he conocido en mi vida. Es un ejemplo de dignidad civil y el hombre que ha restaurado la dignidad de la memoria histórica de aquellos que cargados de razón fueron silenciados por los discursos autoritarios del poder. Decía un poeta norteamericano, E.E. Cummings, que ‘la vida venga siempre las ofensas de los hombres con las salvas de la primavera’ y el reconocimiento de Gamoneda, tan admirado por tantos, no hace más que ratificar esa creencia absoluta en el encargo que nadie nos ha hecho, que nadie le había hecho, pero que estuvo dispuesto a cumplir con máxima honradez y aún lo sigue cumpliendo. Es el encargo de dejar bajo la intemperie de las estrellas el mandato de la palabra como un recuerdo, como una ancestralidad, como un elogio y una alianza eterna con el porvenir de la justicia, de la libertad, del sueño ¿Que otras cosas se le pueden pedir a un hombre o a la poseía que no sea el elogio y el cuidado con la condición de un otro que es diferente y por eso es un igual, por eso es un semejante?
¿Cómo entiende que esos reconocimientos a Gamoneda haya quien los ha querido teñir de envidias, de sospechas?
¿Cómo lo diría, cómo lo explico? Voy a recurrir a unas palabras de Oscar Wilde, quien decía que ‘la sociedad disculpa con frecuencia al asesino pero nunca lo hace con el soñador’. El que sueña, el que establece sueños de utopía, el que imagina un porvenir vinculado a la dignidad del ser humano siempre es un testigo molesto en los diferentes segmentos de la historia y la memoria civil, de la cual es portadora Antonio, genera sobre todo una reacción negativa en aquellos para los cuales la palabra dignidad suele producirles risa, sobre todo para aquellos que no la tienen. La poesía sólo es testigo del acto inocente de nacer y con Gamoneda nace y se mantiene inmaculada y pura la sonrisa de todos los muertos, de los que cargados de razón se vieron obligados a callar, de los borrados, de los expulsados a las sangrientas y oscuras canteras de la historia. La poesía es un acto de resistencia frente a los lenguajes normalizados del poder y de la publicidad y no podemos pedir a los que están al otro lado que nos traten con la misma delicadeza que los poetas tratan y cuidan el tesoro invisible de las palabras.
Después de crecer en el magisterio y la cercanía de los Pereira, Gamoneda, Carnicer... ¿Cómo fue el salto a Madrid, llegó con el Adonais?
No fue un salto. Los poetas no saltamos, no somos caballos de carreras que lleguemos a la meta antes que otros. Uno comienza a escribir y piensa en publicar sus versos, porque es lo que más le gusta en la vida, y llega el día que lo mete en un sobre, lo envía a un concurso y sucede el azar de que le den un premio, se lo publiquen, y el hecho de que algunos amigos te lean va reforzando tu proyecto espiritual.
¿Y el proyecto literario?
Nunca he tenido un proyecto literario, nunca he tenido un proyecto relacionado con el conocimiento sociológico de la literatura. La poesía es mi manera de estar en el mundo y estoy hoy exactamente igual que cuando repartía panecillos en las calles de mi pueblo. Yo soy el hijo del panadero y lo mismo que repartía barras y hogazas de pan y de centeno en las mañanas frías de mi Villafranca ahora escribo versos y los reparto entre los lectores.
Después de Gamoneda y sus referentes leoneses llegarían otros nombres.
Sin duda alguna. Yo estoy seguro de que el poeta no es una persona dotada de ninguna cualidad especial que no tenga cualquier otro ciudadano. El diálogo con otros poetas es fundamental y yo he tenido grandes diálogos con gente como Rafael Pérez Estrada, quien decía que ‘la poesía son palabras civiles para después del tiempo’ y en ese pensamiento estaba lo que también yo notaba lo que podía ser la poesía como memoria de la dignidad. También el cordobés Vicente Núñez, un hombre vertebrado con una extrema inteligencia, y, al otro lado del Océano cuando viví allí, algunos diálogos con Nicanor Parra y Gonzalo Rojas que me abrieron la puerta de lo desconocido no hacia el saber sino hacia lo misterioso.
Diálogos con poetas pero cercanía con los pueblos, con las gentes de pie. Escribe en uno de sus poemas ‘Queridos compañeros carpinteros y ebanistas...’
Uno es quien es. Yo no soy ningún desclasado, puedo ser un poeta mediocre pero no soy un ciudadano desclasado, sé perfectamente cuál es mi alianza con la gente que yo quiero y siento más próxima a los afectos del corazón. Yo provengo de una familia humilde, en la que antepasados que yo he llegado a conocer no sabían ni leer ni escribir pues yo soy el primero de la familia Mestre que tiene estudios, que llega a la Universidad, que escribe un libro. Yo no puedo olvidar mis vínculos naturales y, además, me identifico ideológicamente con aquellos que sostienen la intemperie del mundo con sus manos, los que elevan cada noche la mirada hacia el infinito y saben que están irremediablemente solos en la lucha cotidiana por los derechos civiles de la felicidad.
Al ganar el premio se acordó de Pereira y otros escritores, ¿de quién se acordó en el apartado humano?
Cuando la crisis del pensamiento utópico pareciera conducir a la melancolía de los significados uno cree que merece la pena seguir creyendo y me he acordado de mis padres, humildes panaderos en Villafranca. De mi padre, que se pasó la vida levantándose de madrugada para hacer de la mejor manera que sabía el pan que jamás se le negaba a nadie. Yo no madrugo, no hago pan y las palabras son estrellas fugaces en dirección a lo desconocido, pero algo desconocido donde tengo la certeza que reside lo sagrado, que para mi es la conciencia irrebatible e incuestionable del elogio de la dignidad humana. En esa alianza están mis palabras y con ese pueblo están mis vínculos.