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UNA IMAGEN Y 212 PALABRAS


Cada día hay más ganchos vacíos

Las viejas tiendas de nuestros pueblos se llamaban almacenes o tiendas de ultramarinos o abarroterías o, simplemente, casa Pepe o casa Fonsa. Y todos los nombres eran buenos pues almacenaban productos e historias, entre ellas muchas llegadas del otro lado del mar y tenían un fondo abigarrado de estanterías, de barrotes. Y del techo colgaban otras mercancías que no se hacían con un hueco en otro lugar.

Cestos, paraguas, puntas para cristales, escabeche de tino, bacalao, orinales, dulces para la fiesta, pijamas, madreñas, zapatillas de felpa, cuadernos de caligrafía, chaquetas, mejillones de kilo, manzanas, cuartillos, cachas, botas de agua del número 42, botas de vino de cuatro litros, martillos, hocetas, mandiles, cristales, escuadras, compases, herraduras, anís, pimentón, ataúdes y chicles de Bazoka, palas de la Nacional y unos pintalabios siempre rojos... y el tendero que camina lento con mandil azul y un lapicero detrás de la oreja con el que hace las cuentas sobre el mismo papel en el que te envuelve el pedido.

–¿Te lo apunto en la libreta?

– Sí, a ver si cobro la leche o vendo una vaca en la feria.

Apenas quedan tiendas, cada día hay menos almacenes y los ultramarinos ya no existen. Cada día hay más ganchos en el techo sin nada que colgar en ellos.

df
Mauricio
Peña

Ful
Fulgencio
Fernández


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