La Llyunpedia, o como quiera que se llame este engendro presentado en su día como el gran oráculo de la cultura leonesista, ha ocupado tantas páginas y comentarios en las últimas semanas que parece innecesario dedicarle más atención. Pero este asunto me parece tan revelador de lo que se mueve en los entresijos de la política leonesa que me veo obligado a dedicarle también esta columna.
No voy a insistir en valoraciones o juicios, ya realizados por todos los medios de comunicación, y expresados por la gente por todo León las últimas semana.
Que se utilizaran recursos públicos en estas aventuras pseudo-culturales de adoctrinamiento nacionalista; que se hiciera sin dar cuenta exacta de sus costes, ni de sus beneficios; que se gestionara el asunto sin el más mínimo control de contenidos o personas; que se presentara sin rubor como un eslabón más en el logro del objetivo político del Ayuntamiento de reforzar la identidad leonesa. Todos los antecedentes eran ya motivos suficientes para escamarse.
Lo que ha sucedido después, considerando el bagaje y la experiencia de quienes debieron responsabilizarse del engendro que habían creado, es sólo una consecuencia lógica. Cómo nos va a extrañar el contenido de las entradas sobre el Holocausto; o el desequilibrio soez entre la importancia, casi reverencial, que se da a Abel Pardo en su entrada o el olvido de leoneses que han sido o son historia de León y del Mundo. Por ejemplo, Buenaventura Durruti, leonés universal al que no se dedica ni una sola línea.
Ni siquiera es necesario pedir dimisiones o ceses; no sólo de la militancia, si no también de las responsabilidades políticas… Ya se ha pedido, con mucho más fundamentos de los que yo podría poner aquí. Lo sorprendente es que, aún, no se hayan producido. Son inevitables.
Lo único positivo es que este asunto –otro más– sirva para revelar a todos los leoneses la condición y el talante de algunos personajes a los que hemos otorgado demasiado poder para su capacidad y merecimiento. De verdad amigos: después de indignarnos y escandalizarnos, reflexionemos y anotemos: con gente así, y con los que les amparan o utilizan no vamos a ninguna parte. Tenemos el poder para cambiar eso; ese poder es nuestro e irrenunciable. Y podremos ejercerlo aunque ellos no dimitan.
Miguel Hidalgo es coordinador general de Civiqus