El aborto es un asunto que debería tratarse con serenidad, con delicadeza y con inteligencia. Precisamente por eso, aquí optamos por todo lo contrario. Desde hace años se ha convertido en una bandera de los más cerriles, que jalean a favor y en contra con los mismos argumentos que uno tiene para ser del Real Madrid o del Barcelona.
El debate en torno al aborto se presta a la barbaridad y a la salvajada. Cada vez que el tema regresa a la actualidad, aparecen los opinadores de cabecera, que se empeñan en defender su postura por la vía de a ver quién dice la burrada más grande.
De todo lo que he oído hasta ahora, creo que el premio se lo lleva el escritor Juan Manuel de Prada. El otro día le escuché decir, entusiasmado en su cruzada contra la interrupción del embarazo, que “para el 99% de las mujeres que abortan es como si les extirparan un grano”, algo que atribuye a la “amoralidad” imperante.
Frente a la amoralidad, él ha decidido tirar directamente por el camino de la inmoralidad. Y, como él, muchos otros que prefieren enfrentarse a este problema desde la soltura de lengua y la falta de vergüenza. Como, por ejemplo, los que piden al Gobierno que escuche la voz de la calle, en referencia a la manifestación de hace unos días en Madrid, con la misma alegría con la que años atrás hacían oídos sordos a las mucho más masivas protestas en contra de la guerra en Irak. Pero también los que reivindican el aborto con ligereza, sin ser conscientes de todo lo que implica y lo que supone para quienes se ven enfrentados a él.
El aborto es un drama y como tal hay que tratarlo. No es un genocidio, ni tampoco debe ser la bandera del feminismo. Es, simplemente, una desgracia muchas veces inevitable que se debe regular con sensibilidad, pensando sobre todo en las madres y los hijos, no en falsas morales que únicamente utilizan este asunto para cargarse de razones sin razón.