UNA PROVINCIA EN BLANCO Y NEGRO

Aquellos maestros que soletreaban |
Al maestro de primeras letras, que hoy llaman Educación Infantil, sólo se le pedía que soletreara bien, que enseñara los secretos de la iniciación a la lectura a los niños que se hacinaban en las escuelas, con el método que le pareciera más oportuno, incluido el de la letra con sangre entra. Después llegaban los señores maestros. Y la señora maestra a la que llamaban la señorita. A los que se esperaba a la puerta de la vieja escuela para recibirla con un saludo a coro: “Buenos días tenga usted”, para entrar detrás de ellos a sentarse en aquellos pupitres de madera con agujeros para el tintero y hendidura para la pluma y asiento abatible. Era la escuela de los saberes contenidos en un solo libro, en aquellas enciclopedias de Álvarez, Miñón, Bruño o Luis Vives, según las épocas, en las que se sucedían los secretos de la trigonometría, las raíces cuadradas, los nacimientos y recorridos de los ríos, las normas de urbanidad, la lista de los reyes godos, las capitales de todos los países del mundo, la población de Méjico y Nueva York y, fundamental, los mandamientos de la ley de Dios, los doce hijos de Jacob y los siete pecados capitales... Y un día para la fiesta, el día de la fotografía del curso escolar, junto a la bandera, con el vestido nuevo y los zapatos de la primera comunión. |
![]() Fulgencio Fernández |
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