Desde hace 20 años, cuando la vida decidió que tenía que llevarte y compartí contigo aquellos tus últimos momentos, he necesitado exteriorizar lo que sentimos y vivimos juntos.
Te preguntarás porqué lo hago ahora y en este espacio de ‘El columnista invitado’. Para mí es la reparación pública después del silencio al que nos vimos obligados.
Tú tenía sólo 19 años, yo con 34, algunos más. ¡Sabías que te marchabas, que te ibas, que morías! ¡Y decidiste hablar!
Te despediste de Eva, tu mejor amiga y compañera de instituto, con una frase que sólo hace unos días me la recordaba “si tienes que decirle a alguien que le quieres ¡díselo! Pues tal vez mañana ya no puedas”. Después le contaste que tenías esa, entonces, irreversible enfermedad.
Cuando decidiste confesármelo, lo intentaste suavizándomelo con “tengo un LAM, leucosis aguda mieloide”. Las lágrimas brotaron al instante de mis ojos. Tú, tembloroso me abrazaste y me preguntaste por qué lloraba. Te conté que mi hermano pequeño había fallecido años antes por la misma enfermedad y que la llamásemos por su nombre, leucemia. Y que juntos la íbamos a afrontar.
Cuando para recibir ciclos de quimioterapia te ingresaban en el hospital Miguel Servet de Zaragoza, con la complicidad bondadosa de las enfermeras, te escapabas, para furtivamente, encontrarte conmigo en las “consultas externas” y poder así seguir “festejando”. ¡Eran nuestros momentos de difícil noviazgo!
En aquella Zaragoza, Marino, tanto en tu familia como la mía el “don’t ask, don’t tell”, no pregunto, no lo digas, era la norma heredada de la moralizante doctrina del nacional catolicismo y en tu agonía, tu y yo éramos las víctimas en aquel silencio impuesto a nuestro amor.
Tu madre Clara quiso que fuésemos, ella y yo, los últimos que te viésemos, antes que cerrasen para siempre tu ataúd. Me sorprendió con un “¡Ven!”. “Lo sé todo”. “Me lo contó Marino antes de morir”.
¡Qué regalo me hizo tu madre! ¡Y qué regalo nos hiciste tú también a los dos al contárselo! Nos uniste, en los últimos minutos que te podíamos ver, a las dos personas que más querías. A tu madre y a mí. ¡Y así pudimos llorarte juntos!
He querido explicitar, aquel tu último acto, haciéndolo aquí y ahora público, renunciando a nuestro derecho a la intimidad, ya que puede ayudar a muchas chicas y chicos homosexuales, que, 20 años después, están como tú y yo estábamos.
Pero ahora ya no tienen que ocultarse y deben decir, sin miedo, urbi et orbi, ¡Nos queremos! ¡Nos amamos!
Gracias Marino, pues, 20 años después de marcharte, sigues enseñándonos.
¿Tendremos dentro de 20 años que seguir aprendiendo de ti? Me gustaría que te pudiésemos dejar por fin descansar en paz. Y que te quedes solo en los corazones de Clara, Eva, de tus amigos las “duquesitas de corcho” y en el mío. 6
Carlos Alberto Biendicho López es presidente de la Plataforma Popular Gay