UNA IMAGEN Y 232 PALABRAS

A buenas horas |
Easó toda una vida soportando largas nevadas sin más calefacción que la cocina al rojo vivo alimentada con los troncos de haya, roble y encina que cada otoño cortaba en las suertes. Pasó toda una vida durmiendo sin moverse del hueco que hacía al entrar para no chocar contra las sábanas tan frías como la noche y la helada. Vivió durante décadas a lomos de unas madreñas artesanas que él mismo se hacía para que los tres tacos de madera le aislaran del agua y la nieve al caminar, para sentir el placer de las zapatillas secas al entrar en el portal de casa y descalzar las madreñas, el calor de los calcetines de lana pura sobre unos pies calientes entre tanto hielo. Recorrió el pueblo durante los inviernos de toda una vida con unos pantalones de franela azul atada con una cuerda y una chaquetona de lana. Buscó en las noches y en los amaneceres el calor que despiden las vacas mientras las ordeñaba. Acumuló trastos en los viejos caserones y pajares vacíos. Al fin tuvo coche y pensó que cerrando el viejo hórreo al menos ese vehículo que tantos sudores le costó no sufriría los fríos que él tuvo que aguantar. Y se le vinieron encima los planes de urbanismo, las leyes del parque, la sabiduría de los viajados, las críticas de todos. Y no sabía de qué le hablaban. |
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