El pueblo ya no tiene contratada una persona para tocar la esquila, pero sí voluntarios en caso de tormenta
Campanario de Bercianos del Páramo
Manuel C. Cachafeiro / León
Bercianos del Páramo está en medio de la comarca a la que debe su apellido. Es una tierra que sabe de sobra lo que es el duro trabajo del campo y ese temor histórico a que llueva cuando no es necesario o a que no caiga una gota cuando el fruto más lo pide.
Aunque haya sistemas muy avanzados que ahuyentan las tormentas, todavía en muchos pueblos como Bercianos creen más en la sabiduría popular. En la ermita de la Santa Cruz aún se toca la esquila cuando hay negros nubarrones. Ya no hay una persona contratada, como había hasta hace unos años; ahora son los mayores los que se encargan de que no acabe la tradición. “La gente sigue creyendo. En Bercianos, los agricultores se fían más de las campanas de la ermita que de cualquier otros sistema”, dice un vecino.
Durante años, la misma persona contratada por el Ayuntamiento para cuidar los jardines del pueblo hacía las funciones de tocador de la esquila en casos de ‘extrema necesidad’. Bercianos no es el único pueblo de la provincia, porque en Rabanal del Camino también las tocan, pero sí el que más ha defendido la tradición para que no se pierda.
Hace unos años, Pedro Delgado González, el veterano campanero de Villabalter, contaba a nuestro compañero Fulgencio Fernández los toques de campana, ahora prácticamente reducidos a dos: el toque de fiesta —los domingos y festivos— y cuando hay un muerto. Antiguamente, como gustan decir en los pueblos, había hasta siete: A nube, a concejo, de Angelus, a niño muerto, a muerto, a fuego o arrebato y el toque de fiesta.
Pedro Delgado tenía muchos recuerdos, pero sobre todo uno.«Es curioso, por ejemplo, el toque de tormenta, para ahuyentarla. Yo lo toqué varias veces y, no sé si por las campanas o no, pero la tormenta en la mayoría de los casos se ahuyentó».
Pueblos como Foncebadón, hoy felizmente recuperados gracias al turismo rural y al auge del Camino de Santiago, convirtieron la defensa de sus campanas en la mejor forma de llamar la atención sobre su abandono. Cuando el pueblo prácticamente se despobló y sólo una vecina vivía en esta localidad camino de Foncebadón, la mujer alzó su voz para que el Obispado de Astorga no se la llevara. Le hicieron caso. Quizá por ello también el pueblo sigue vivo.Como Bercianos. Nunca se puede olvidar de dónde viene uno.