Hoy, festividad de Todos los Santos, no es el día de más trabajo. Para los sepultureros todos los días son iguales
Máximo Sancho Argoitia, a la izquierda, y su hijo José Roberto, el jueves, en el cementerio de Boñar. A. HUERTADO
Manuel C. Cachafeiro / León
Alguien lo tiene que hacer. Cada día se celebran en la provincia de León más de cinco entierros de media. La estadística es fácil. Sólo hay que ver las páginas de esquelas en los periódicos para echar números.
Pese a la evidente demanda, no es fácil encontrar un enterrador. Según la Real Academia de la Lengua, enterrador o sepulturero es la persona que se dedica profesionalmente a sepultar a los muertos. Suelen ser albañiles, o al menos deben tener conocimientos. “No es un trabajo fácil. Además de ser desagradable, quien lo hace tiene que estar disponible los 365 días del año las 24 horas del día. La muerte no tiene hora”, explica el máximo responsable de Los Jardines, José María Mayo.
La profesión de sepulturero no tiene paro, reconoce el empresario. Primero, no es fácil encontrar personal capacitado, y en segundo lugar, exige también una piel especial teniendo en cuenta las circunstancias que rodean cualquier entierro, que supone la pérdida de un ser querido.
“Alguien lo tiene que hacer”, insiste José Roberto Corral, el sepulturero de la zona de Boñar para el tanatorio de Los Jardines. Aunque tiene 42 años, ya lleva en esto 20 años. Su caso es peculiar, porque su padre también lo fue durante más de tres décadas.
José Roberto ha trabajado toda la vida como albañil en el momento del último adiós, cuando el féretro del fallecido se cubre para siempre. “Es difícil encontrar alguien que te haga las sustituciones. Por eso los hago todos”, explica.
En una zona de montaña como Boñar las historias de los cementerios van unidas muchas veces al mal tiempo y a los funerales en medio de las nevadas. José Roberto lo sabe bien. El último que recuerda fue el año pasado en Valdeteja, con 50 centímetros de nieve. “Tuve que espalar y se subió con un todoterreno. Si andas con miedo, no sales ni de la cochera cuando se te presenta un caso así”. Y no es el único caso. “Recuerdo otro —añade— que tuve dos entierros en Boñar con 60 centímetros de nieve, uno por la mañana y otro por la tarde. Hubo también que espalar por dos sitios para entrar al cementerio”.
José Roberto ‘heredó’ la función de sepulturero de su padre, que lo hizo durante más de 30 años, también para la zona de Boñar. El oficio es desagradable, y también hay historias tétricas, como cuando se desentierra una fosa, porque los familiares quieren aprovechar la sepultura, y el fallecido aparece entero después de años bajo tierra. “En los dos últimos meses he tenido dos casos”.
¿Y cuánto se cobra? “El precio —dice José Roberto— lo pones tú. No se encuentra gente que lo quiera hacer. Al menos, yo no encuentro”. En su caso, es empleado de Los Jardines. “Alguien lo tiene que hacer. Como tiene que haber personas de la limpieza o forenses”, insiste el empresario José María Mayo
En muchos sitios, los sepultureros son funcionarios. En los grandes ayuntamientos la plaza de enterrador es una más del organigrama municipal. En el cementerio de León hay algunos con más de 30 años de servicio.
Lo que para otros es algo desagradable, en su caso va en el sueldo. Hasta son un termómetro vital. Cuando hace calor, dice José Roberto, muere mucha más gente. Lo está viendo este año. En septiembre, en una zona de gente mayor como la montaña, han fallecido más de la cuenta. Así es este negocio.