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EL pulso y la cruz / Antonio Trobajo Díaz

Nos luce el pelo y la calabaza

No teníamos bastante con los western, la coca-cola, el piercing, el tatuaje, la new age y la NBA, que ahora se nos mete de rondón, por los caminos donde más duele el futuro, por nuestros niños y adolescentes, el espantajo del Halloween –que en otras circunstancias tendría su gracia y hasta su enjundia–. Y es que todo lo que viene del otro lado del Atlántico –a donde, por cierto, esta jarana arribó desde la cultura celta– es señal de modernidad, de estar ‘in’ y de militar en la ciudadanía de la globalización. Pues mire, no. Uno se rebela contra ello, no sólo porque acabamos en papanatismo, que también, sino porque así entramos en el sutil embudo de someternos a la colonización de una nueva cultura –‘light’, dicen– que arrambla con nuestras raíces grecolatinas, en las que prendió como injerto, para ser árbol frondoso, el cristianismo; que olvida tres mil años de historia fecunda y humanizadora –con sus quiebros, frenadas y retrocesos, verdad es–; y que se instala en una superficialidad de hamburguesa y circo. Disfrazarse de bruja pirulí, pintarrajearse como un muerto viviente o airear calabazas agujereadas que meten miedo es lo que se impuso anoche en el mundo de las movidas y botellones juveniles y no tanto. Nada que objetar si el ‘show’ fuera un modo de entretenimiento como puede ser la carrera de cintas o el concurso de disfraces. El problema es que la tal ‘performance’ se abalanza sobre nuestra geografía de modo que ahoga las raíces no sólo religiosas, sino también culturales de nuestra vieja y acrisolada Europa y amenaza con envenenarnos con un virus de esperpénticos cultos al ocultismo, la fealdad, el terror y la muerte. De cualquier modo, no deja de ser una situación que debe hacernos cavilar a padres, educadores, curas, políticos y pensadores. Es lo que llamamos, en la jerga especializada, un ‘signo de los tiempos’. Uno intuye que estamos entrando, y muy deprisa, en una nueva etapa cultural instalada en el triunfo de la apariencia, en la que las personas recuperan el viejo ‘prósopon’, o careta, de los actores del teatro griego, para escenificar sobre el asfalto moderno una obra de ficción, que nada tiene que ver con el drama real de quien lo porta, pero que, a fuerza de llevarlo encajado, el intérprete termina por creer que esa es toda la realidad. Y así es como nos luce el pelo. Y la calabaza. 6
Antonio Trobajo Díaz es vicario episcopal de Relaciones Públicas de la Diócesis de León

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