“En un mundo justo no debería hacerse referencia a la revolución keynesiana, sino a la revolución sueca”. Quien escribió esta frase fue John Kenneth Galbraith, que ha pasado a la historia de la economía por ser el mayor impulsor y defensor de las teorías de Keynes, el economista a cuyas tesis todos los políticos del G-20 han tenido que aferrarse para no caer en el abismo en la actual depresión económica. Galbrait publicó esta afirmación desde el profundo conocimiento que le daba el hecho de ser el mejor analista del Crac del 29 y de haber participado activamente en todas las políticas americanas de recuperación de la Gran Depresión, desde la administración de Roosvelt a la de Kennedy, sobre todo, en aplicación de políticas agrícolas. Esta defensa tan apasionada de Suecia estaba fundamentada en que este país fue el primero en logran salir de la Gran Depresión, y esto fue posible gracias a que un grupo de economistas, muy poco reconocidos por la historia, ya se había implicado en la tarea de renovar totalmente la economía de su país antes de que se produjera el crac.
Suecia logró salir de la crisis, gracias a poner en marcha un enorme endeudamiento del Gobierno, aumentando la protección de la Seguridad Social, creando empleo público, devaluando la moneda y a un apoyo incondicional a los precios agrícolas.
Si exceptuamos la devaluación de la moneda en Europa, a causa del Euro, podemos constatar que se ha seguido el guión con rigor, (incluso en Estados Unidos el dólar se ha devaluado desde la crisis casi un 20%), con la excepción del apoyo a los precios agrícolas, justamente lo que reclamaban ayer miles de agricultores y ganaderos leoneses, que deben enfrentarse además a una amenaza real de desmantelamiento de la Política Agraria Común (la PAC).
En la Gran Depresión que siguió al crac del 29, a la que tantas referencias se hicieron al inicio de la actual crisis, primero se hundió la banca, después la industria, seguidamente el comercio y finalmente el campo, que en algunos países quedó asolado. Los campesinos leoneses afirman, y yo les creo, que están viviendo la peor situación económica que recuerdan. El viernes, en la manifestación, lo dijeron alto y claro: han aguantado la crisis durante casi dos años produciendo por debajo del coste de explotación, hasta que la falta de crédito ha comenzado a hacer insostenibles las deudas. La caída del consumo, junto con el hecho de que más del 75% de la compara de alimentos se realice ya en grandes superficies y supermercados, da un poder desmesurado al sector de la distribución sobre el de la producción, atomizado en miles de pequeños propietarios. A esto se une el que el mercado de alimentos, a pesar de políticas proteccionistas como la de la PAC, se ha considerado el paradigma de la liberalización, permitiendo desregulaciones que no se han tolerado en otros sectores. Todo ello da como resultado un hundimiento de los precios, que amenazan con caer mucho más el próximo año.
Europa ha ido abandonando, en función del libre comercio mundial, su inicial política de apoyo a la producción y a la intervención de precios, sustituyendo estas ayudas por el denominado pago único, en una clara línea de abandono del proteccionismo sobre el mundo agrario. El pago único ha generado a su vez, al basarse en derechos históricos, unas enormes desigualdades que en España se traducen en que los aproximadamente 800.000 receptores que existen hayan recibido una media de ayudas europeas de 5.000 euros al año; pero de estos, el 50% han recibido unos mil euros y sólo el 1% ha acaparado más del 20% de las ayudas.
El escaso peso del sector agrario en el PIB y en el empleo, le ha relegado al último de la fila y la tentación política de prescindir de él a la hora de ayudarle con dinero público, como ha hecho con la banca, el automóvil o la energía, es demasiado grande.
Uno de los principales errores de la Gran Depresión fue la tardanza en intervenir los precios agrarios y ahora puede ocurrir lo mismo si no se invierte el camino de supresión de la PAC, por el de su reforma. Los gobernantes y Zapatero el primero, al comenzar en dos meses su Presidencia de la UE, deben tener muy en cuenta que la política agraria es básica cuando se trata de abordar problemas tan graves como el cambio climático, la calidad ambiental, la calidad de los alimentos y el sostenimiento de la población en el mundo rural.
Sin campesinos con garantías de producción y de inversión, todas las apuestas políticas realizadas en la provincia de León durante los últimos años se vendrán abajo. Sin campesinos, desaparecerá la industria agroalimentaria, por muchas denominaciones de origen que se hayan conseguido y desaparecerá el turismo rural, por muy bien posicionados que estemos a nivel nacional. Los campesinos han cometido errores , como que no exista ninguna empresa cooperativa española entre las 30 mayores de la UE, pero si ahora no les ayudamos a salir de esta crisis, la provincia de León, que todos decimos defender, desaparecerá del mapa tal y como la conocemos en la actualidad.