Aquellos que nos han dejado no están ausentes, sino invisibles”, decía San Agustín.
Los muertos, los de cada uno y los de los demás, nos dan mucho que hablar estos días de recuerdos y tradiciones. Hoy, el Día de los Difuntos, ayer, el ritual de los cementerios del de Todos los Santos, que propició reencuentros con los muertos y con los vivos.
El camposanto también es lugar de saludos rituales o afectuosos que se reviven cada 1 de noviembre entre los visitantes de los cementerios; lugar en el que se coincide una vez al año con mucha gente conocida, como ocurre en Nochevieja, sólo que en esta ocasión rodeados no de matasuegras y de gorritos sino de flores.
Además, el protocolo propicia mucho más comedimiento en los saludos y, desde luego, nadie se desea feliz año ni intercambia mensajes graciosos por el móvil, como manda la reciente costumbre.
Y hablando de costumbres, la Iglesia italiana va a explicar en una especie de guía cómo tienen que ser los rituales funerarios. Resulta que lo de lanzar las cenizas de los incinerados al aire o al agua les parece cosa pagana que no procede, como tampoco les gusta que uno las deje en casa, junto a la cristalería o en lugar destacado. Eso es fetichismo, dicen. Se supone que lo que digan los vecinos mediterráneos será exportado al resto de países, así que vayan repensando los que, y son legión, hayan tenido la ocurrencia de decir que quieren sumergir sus restos en tal o cual mar o río o airearse en este paraje. También dicen que las cenizas esparcidas contribuyen al calentamiento global. Oiga, ¿dónde quedó lo de descansar en paz?
Hoy, 2 de noviembre, en fin, es fecha para rememorar a los difuntos y también se puede aprovechar la ocasión para aplicar la literalidad de la expresión y acordarse de los muertos de otros. Que en esto casi todos tenemos titulares y reservas a los que recurrir.
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