Hace algunos años, a los gobernantes de turno no se les ocurrió otra cosa que poner el día de Todos los Santos como laborable, en su afán de erradicar la costumbre cristiana de dedicar una fiesta a los antepasados. Recuerdo que, a pesar de todo, ese día los estudiantes no acudieron a clase y la gente en general se rebeló contra esta absurda disposición. También algunos del tripartito catalán han propuesto recientemente sustituir las tradicionales vacaciones de Navidad y Semana Santa por otras llamadas de Invierno y de Primavera para desligarlas así de sus orígenes cristianos. De momento la idea tampoco ha prosperado. No obstante, ese afán de barrer de nuestra cultura cualquier referencia al Evangelio va poco a poco ganando adeptos, aunque sea en pequeños detalles. A la tradición de poner el belén se han ido añadiendo otros símbolos paganos como el árbol de navidad, y el Papá Noel se está merendando a los Reyes Magos. El carnaval se ha zampado a la Cuaresma. Mientras Zapatero huye de la cruz como el diablo, y por eso hay que eliminarla de los colegios, se siente feliz descalzándose para entrar en las mezquitas de Oriente Medio o cubriendo su cabeza con el solideo de los judíos. Bien es verdad que otros parecerían más cristianos, al preferir ponerse la corona de espinas, si no fuera porque lo hacen de cachondeo.
Un paso más en esta línea lo dan nuestros niños y jóvenes, auspiciados no se sabe por quien. Poco o nada les dice ya la costumbre cristiana de homenajear a los santos y orar por los difuntos, pero han recuperado con éxito total las costumbres paganas de poner calabazas huecas con luces en su interior para ahuyentar a los malos espíritus. La horterada del Halowen con sus brujas y sus costumbres góticas parece que llevara ya siglos implantada. Que nadie se ofenda, pero da la impresión de que en nuestra sociedad muchas cabezas están tan huecas y vacías como las calabazas del Halowen.