He estado viendo el Plan Especial de los antiguos terrenos de Renfe, y es una pena que esta columna tenga que ser forzosamente corta, lo que impide comentar siquiera someramente lo que en una superficie de actuación tan amplia se define.
Cosas como la nueva situación de la estación, el museo del ferrocarril, los núcleos residenciales o la propuesta de conexión del lado este de la ciudad con el oeste por medio de la prolongación de la calle Lancia, lo que resuelve mucho mejor la unión de ambas riveras, si bien tiene problemas cuya resolución (corta el Paseo de Papalaguinda y deja a la estación de autobuses sin dársenas, por ejemplo) no parece definida.
Pero hay algo que sí comentaré, muy brevemente, eso sí.
En las proximidades de la nueva estación, que se ubica más o menos detrás de los juzgados, se levantan un grupo de torres de hasta veinte plantas, algo excepcional y nunca permitido en la ciudad, y que van a cambiar su perfil. Algo así como un pequeño Manhattan.
No seré yo quien me oponga a esas alturas, ya que desde que tengo uso de razón profesional he preguntado porqué el elevar algo que pasara de las seis era visto con horror, pues, como se me dijo allá por los años setenta, “nada puede tapar la Catedral y menos sobrepasar su altura”.
Así que, bienvenidas sean las veinte plantas. Bienvenidas si no hay bulas para difuntos. Bienvenidas si eso significa que estas alturas puedan ser repetidas en otros sitios. Bienvenidas si esto no supone únicamente, una excepcionalidad irrepetible. Si es así, pues… ya era hora.
Otra cosa. Toda la operación se plantea sobre la base de que los desarrollos residenciales compensen el costo.
Nada tendría que objetar a que se financie así, aunque, vistas las actuales circunstancias del ladrillo, el final de la operación compensatoria puede acontecer cuando San Juan baje el dedo, como se dice por ahí.
Nada tendría que decir, si no fuera porque la estación de Atocha en Madrid, la de Sants en Barcelona y no digamos, la arriesgadísima, innecesaria y faraónica operación de soterramiento por el medio de Barcelona, presupuestada en 246 millones de euros (cuarenta mil millones de pesetas) y que ya veremos en cuanto queda al final, por ejemplo, se financiaron o se financian con cargo al erario.
O sea, que lo nuestro lo pagamos nosotros y lo de ellos… también. ¡Ay, qué duro es ser pequeño y pobre!
José Álvarez Guerra es arquitecto