La Ponferradina rompe su mala racha con una trabajada y sufrida victoria ante el Celta B
Los jugadores de la Ponferradina celebran el único gol del partido. PHOTODEPORTE
Javier Santiago / Vigo
La Ponferradina necesitaba volver a saborear una victoria. Cuatro partidos sin conseguirlo son demasiados para un equipo diseñado pensando en ganar. Es mucho tiempo para pensar, para dar vueltas y vueltas y para abonar la ansiedad. Por eso, el triunfo sabe como un suspiro de alivio, como la sensación de descanso después de una etapa de cerrazón.
Pero detrás de un resultado frío e inapelable hay muchas historias que no deben quedar sepultadas por los números. Algunas son alegres y agradecidas. Hablan de regresos esperados, de sobriedad y confianza, de algunas dosis de eficacia y de buenas expectativas. Otras, en cambio, son menos vistosas y están protagonizadas por nervios, despistes e incertidumbre.
Si se empieza por el principio, hay que hablar de una Ponferradina convincente y seria que se plantó en Barreiro con soltura, decidida a ahuyentar sus fantasmas. El equipo decidió hacerse notar desde el principio y Yuri, protagonista de uno de esos regresos anhelados, tuvo en sus botas el primer gol en el primer minuto, aunque no pudo aprovechar lo que debería haber sido un mano a mano ante el portero y acabó en un disparo que sólo sirvió como aviso.
Fue el aperitivo de un partido en el que la Deportiva se sintió relativamente cómoda. Dejó que el juego fluyese a su gusto, sin atosigar al Celta B, pero sin permitirse sustos. Se tomó las cosas con paciencia y se parapetó para dar zarpazos aprovechando la calidad y la velocidad de sus hombres de arriba.
Rubén Vega siguió ejerciendo de mariscal, derrochando lucidez en el territorio del Celta y demostrando entrega y ganas a la caza de balones en tareas defensivas. Y Víctor Salas le acompañó en el buen trabajo, con el retornado Yuri peleando sin descanso con los interesantísimos defensas gallegos.
El filial celeste demostró con claridad por qué marcha con solvencia entre los grandes, pero la Ponferradina se sintió cómoda en un partido de peso, de los que hacen notar tanto la calidad como el esfuerzo.
Con ese plan, el juego se asomó a las inmediaciones del descanso. La Ponferradina, en contra de lo habitual, apenas había creado ocasiones, pero tampoco había sufrido ninguna y tenía el partido absolutamente bajo control. Y estaba a punto de recibir el premio a la buena labor. Yuri, volcado en su objetivo de reivindicarse tras la larga sanción, acudió con hambre en busca de un remate y el defensa Richi solo pudo impedírselo empujándole. El árbitro, que para entonces apenas había iniciado su fascinante recital tarjetero, no pudo dudar y señaló penalti. Rubén Vega, con puntería, pero con suspense, goleó enviando el balón a un leve hueco entre la mano del portero y el poste.
Como en las últimas jornadas, los blanquiazules ya tenían el marcador de su lado. Pero faltaba aprobar la asignatura pendiente gestionando esa ventaja y evitando dramas. Esta vez lo lograron, pero por la vía del sufrimiento. Quedó claro incluso antes del descanso, cuando el Celta B percibió titubeos defensivos en los bercianos y a punto estuvo de liarla en un córner.
Fue una advertencia de lo que vendría tras el intermedio. Una vez más, la Deportiva cumplió con el ritual de desaprovechar sus oportunidades para matar el partido. Esta vez no desperdició decenas de ocasiones, pero sí una muy clara, en otro mano a mano de Yuri con el portero que el brasileño acabó resolviendo con un disparo cruzado que se fue fuera por muy poco.
El Celta B se volcó aprovechando que el encuentro segía vivo. La Ponferradina siguió manteniendo el control, pero poco a poco fue cediendo ante el peligro de, de nuevo, una victoria que parecía cosa hecha se quedase en nada.
Y, así, el choque se fue precipitando hacia un final de nervios y dudas. Los locales pusieron todas sus armas en busca del empate y la Deportiva se instaló en el alambre, arriesgándose a que el más mínimo resbalón la llevase al precipicio. El juego se aposentó en la frontal del área blanquiazul y el equipo se echó en manos de un clima de tensión que hacía temerse el empate.
Pero, esta vez, la historia de siempre fue otra. Mackay apareció inspirado en los momentos más complicados y frenó las ocasiones más claras. Y, así, la Ponferradina recordó lo que es ganar con un suspiro de alivio.