Muchos leoneses han vivido en esa ciudad al otro lado de las vías. La barrera del tren está a punto de derribarse
Vista de la avenida de Palencia y Guzmán desde el muro que se levanta al otro lado de la estación, en el barrio de la Vega.
Manuel C. Cachafeiro / León
León está a 2.262,4 kilómetro de Berlín, donde este fin de semana se conmemoran 20 años de la caída del famoso muro que partió Europa en dos formas antagónicas de entender el mundo. No es comparable por muchas razones, pero León también tiene un muro a punto de ser derribado, que ha marcado, y sigue marcando, la vida de miles de leoneses al otro lado de las vías del tren. Desde el Crucero a Armunia, pasando por los barrios de la Vega y la Sal, todavía hoy es posible ver esa división entre dos ciudades. Una ciudad moderna, de grandes avenidas y calles con tiendas, y otra ciudad que se abre paso por calles mal asfaltadas y casas semiabandonadas. No es que sea una realidad de hace dos días. Así llevan muchos años, desde que la zona fue siendo abandonada por sus primeros moradores, casi todos ferroviarios.
Valentín es uno de aquellos trabajadores de Renfe que vivió en la zona. Entonces, junto a las vías, a la altura de Michaisa, se levantaba ‘el foso’ y ‘ el taller’. León ha tenido gran peso en la historia ferroviaria de España como estación clave en el entramado de vías hacia Asturias, Galicia y Madrid. Todavía hoy es fácilmente comprobable por la gran malla de vías que se abre paso desde el barrio de Paraíso-Cantinas, que ya pertenece a Trobajo del Camino, y el Crucero, hasta la estación de clasificación de Armunia, donde está proyectado el futuro museo ferroviario.
Valentín vivió en una antigua casa en la calle General Sanjurjo, muy cerca de Clasificación. El inmueble, de tres plantas, está hoy semiabandonado. “Aquí vivimos muchos ferroviarios, pero poco a poco la gente se fue marchando a mejores casas por el Crucero y Pinilla”, explica.
Las calles que van hasta las vías desde la antigua casa de Valentín son todas laberintos, con salidas a ninguna parte. Por no tener no tienen ni nombre . “Ya no queda nada. Esto era un ir y venir de gente pero hoy, ya ve, esto está que no lo conoce nadie”, añade Valentín con pena.
El soterramiento de las vías para el AVE y la construcción de nuevos vialesy una nueva estación han copado muchas primeras páginas. Después de décadas, el fin del paso a nivel del Crucero está al alcance de la mano. Eso parece ya claro. Pero ésta no es una historia de proyectos y políticos. Ésta es la historia de los que un día vivieron o viven en la ‘raya’ de ese otro León, los que no han disfrutado de la misma ciudad.
A la fuerza, el recorrido debe iniciarse en el paso a nivel del Crucero. Que parte en dos la ciudad se demuestra cada vez que bajan las barreras. Un cartel de Renfe, a uno y otro lado de la calle, exime a la compañía de toda responsabilidad. Lo curioso es que, todavía hoy, en pleno siglo XXI, se base en una real orden de 1898. 109 años.
El Crucero y la Vega son barrios ferroviarios. A este último se le llama así porque se construyó en lo que era la vega de Armunia, una extensa zona que poco a poco se ha ido cubriendo de casas, pero sin un diseño ordenado. Carlos Carbajo, que fuera presidente de la cofradía del San Cristo del Perdón, nació en la carretera de Zamora, justo encima del recordado bar La Parra, uno de los locales de León más conocidos en los años 60 y 70. Ya no vive en el barrio, pero recuerda aquellos buenos años cuando justo en frente de la parroquia de San Francisco de la Vega estaban los talleres de material móvil. “La Vega ha sido un barrio de ferroviarios, y lo sigue siendo”, señala.
El tren y la azucarera Santa Elvira dieron mucho trabajo. Muchas casas en el barrio de la Vega conviven hoy con las nuevas construcciones que se han levantando pensado en un mañana cada vez más cerca. Junto a las casas ‘de toda la vida’ están los edificios de mármol y ventanas de PVC. “Todo está cambiando; antes mucha gente vivía sin calefacción. Si se fueron, o nos fuimos, fue para poder vivir mejor”, señala Carbajo. Justo de la parroquia del barrio de la Vega parte el camino que todavía hoy separa los dos ‘leones’. En realidad son dos muros. A la izquierda, el de las vías y la estación actual; a la derecha, el de la azucarera. Mirando a un lado y otro se entiende mejor el proyecto del arquitecto francés Dominique Perrault. Con el paisaje a lo lejos de las montañas de León,la que él llama “fábrica encendida” está llamada a ser un reencuentro entre las dos ciudades. “Mi propuesta trata de alejarse del estereotipo de palacios de congresos y recintos feriales tradicionales para apostarpor un espacio público en continuo funcionamiento que revitalice de una manera continua y contundente un barrio de la ciudad de León que durante años ha vivido como un miembro amputado por la vía del ferrocarril y que ahora tiene la oportunidad de injertarse de nuevo en la vida de la ciudad”, explica el arquitecto en su web.
La única zona que lo ha entendido así, de momento, es el entorno de la que todo el mundo conoce como la plaza del Huevo, porque su trazado tiene forma de huevo. Muchos vecinos han comprado casa en la zona con la esperanza que un día se abra una gran avenida hasta la calle Lancia.
Por el camino que separa los dos ‘leones’ se llega hasta la parte de atrás del palacio de los deportes. Antes, muchos ferroviarios tenían allí sus huertos. Hoy ya no queda nada.
En Michaisa, al otro lado de carretera, ya en Armunia, donde vivía Valentín, quedan muy pocos vecinos. A las puertas se ven furgonetas y en las ventanas, ropa tendida. “Aquí nunca vienen los políticos; sólo quieren que nos vayamos, porque los terrenos vuelven a valer dinero, pero nadie se ha acordado de nosotros”, comenta Juan, uno de los pocos vecinos que quiere hablar. 7 hijos y en el paro.