Más que tener un monasterio y un castillo, lo que tienen es mucho amor al arte
Exterior de la Posada del Marqués, junto al monasterio de Carrizo de la Ribera.
Manuel C. Cachafeiro León
No hay muchos representantesen León de la asociación de propietarios de casas históricas. No porque no haya un gran patrimonio en los pueblos de la provincia, sino por la propia idiosincrasia leonesa, poco amiga de abrir las ventanas de la calle de palacios, monasterios y casas blasonadas.
Carlos Velázquez-Duro es uno de los pocos con nombre y apellidos. Otro es la propietaria del castillo de Villafranca. La Fundación de Casas Históricas y Singulares es una organización sin ánimo de lucro, de ámbito nacional, cuyo objetivo es “propagar el conocimiento y fomentar la conservación” de esos edificios. Y es que ser propietario no es fácil. Que se lo pregunten a Carlos. Sumonasterio en Carrizo de la Ribera le llegó a costar, en 1994, más de24.000 euros al año sólo en mantenimiento, entre pagar a los guardeses y atender necesidades urgentes, como arreglar el tejado y pequeñas obras. “Hay que tener en cuenta que este edificio tiene 120.000 tejas, y que de vez en cuando se rompen”, señala.
Es cierto que no todos los propietarios de edificios históricos son iguales, y que algunos como el castillo de Grajal de Campos, del duque de Alburquerque, llevan años envueltos en polémicas por la falta de inversiones en su conservación.
En el caso de los propietarios privados, además de una economía saneada, tiene que haber sobre todo y ante todo, pasión. “Si no sientes y respetas el legado que te han dejado tus familiares, es mejor dejarlo”, dice Carlos Velázquez-Duro sin dudarlo.
Su caso es muy particular. Su relación con Carrizo y con el monasterio, que incluye entre sus edificaciones su casa blasonada —hoy hotel y lugar de bodas y banquetes— empezó con su bisabuelo. Con la última de las desamortizaciones del siglo XIX, la comunidad cisterciense que lo habitaba recurrió a él, ingeniero de profesión, ya que le conocían desde hacía años por unas obras en la carretera que atravesaba la finca donde se ubica. Salustio González-Regueral no pudo hacer nada porque mantuvieran la propiedad, pero tres años después, cuando el monasterio salió a pública subasta, lo compró e inmediatamente buscó a las monjas cistercienses que lo habían abandonado. Según su biznieto, localizó a seis de ellas. En un acto de generosidad, Don Salustiolas cedió en usufructo personal primero y vitalicio más tarde la mayor parte del conjunto histórico, reservándose para sí la parte del edificio correspondiente al antiguo hospital de peregrinos y los derechos de tribuna, enterramiento y reversión.
El monasterio, fundado en 1176 por Doña Estefanía Ramírez, esposa del Conde Ponce de Minerva, vasallo del rey leonés, es una ‘joya’. La iglesia alberga en su interior obras de gran valor, como su ábside románico, la sala capitular, con un bellísimo artesonado mudéjar, y las paredes del claustro principal, ricamente adornadas con esgrafiados. “Son prácticamente los únicos de España con representaciones animales”, explica Carlos. Y como muestra, un botón más. De sus paredes también colgó un día el famosísimo Cristo de Carrizo, hoy expuesto en el Museo de León.
Carlos Velázquez-Duro reside en Asturias. Durante muchos años se dedicó a la construcción hasta que un día abandonó todo por los hoteles. Su casa de Gijón, una enorme finca junto a la antigua Universidad Laboral, es también un hotel, como la parte del monasterio de Carrizo que no ocupan las monjas.
Bajo la propiedad de su familia, la casa todavía sufrió más avatares. En 1947 un voraz incendio la destruyó. Y otra vez su familia la reconstruyó. Utilizada como lugar de veraneo familiar durante más de 40 años, en 1994, Carlos decidió abrirla como uno de los primeros establecimientos de turismo rural de León, La Posada del Marqués. No se trataba tanto de ganar dinero como de que su conservación, y todo el monasterio, le costara lo menos posible.
Así, según recuerda, con la licencia número 5 de turismo rural en una provincia que hoy sobrepasa las 6.000, comenzó una andadura en la que ha tenido mejores y peores etapas y que ahora compatibiliza con el uso hostelero del bello jardín que rodea la casa, ideal para bodas, banquetes y bautizos.
Desde la Fundación de Casas Históricas y Singulares se insiste en que el patrimonio histórico puede y debe ser un factor de desarrollo sostenible y generador de riqueza. Viendo la riqueza de este lugar de Carrizo, es evidente que falta mucho camino por recorrer. Una ruta desde Gradefes a Carrizo pasando por San Miguel de Escalada y Sandoval, es difícil de igualar, aunque todo esté por hacer.
Cada monumento privado tiene su historia, y no todos los propietarios pertenecen a asociaciones, ni tienen los mismos recursos. Felipe Pérez Pollán, escritor, poeta, profesor… recorrió medio mundo hasta volver a su pueblo natal, Palacios de la Valduerna. En 1980 compró los restos que quedaban del castillo. Apenas un torreón y los muros medio derruidos de un conjunto con mucha historia. Dos años después ya vivía en él, y lo sigue haciendo, en el torreón. “No es muy grande, porque es como un apartamento, pero yo estoy aquí muy bien. Cuando lo compré, era una cuadra para ovejas. Todavía recuerdo las toneladas de abono que saqué”, explica Pérez Pollán.
Su historia y la del castillo no se quedan ahí. El año que viene, ‘Poesía para vencejos’, una velada cultural que se celebra todos los veranos entre sus muros, cumplirá 25 años. “Es una forma de darle vida. A todo el mundo le tira su tierra. He vivido en Argentina, en Oviedo, en Francia… y cuando regresé, pensé en comprar un solar y construir una casita, pero al final, ya ve, compré un castillo”, dice con cierta socarronería.
Felipe no quiere hablar de subvenciones, ni de ayudas, ni de las instituciones. “Aquí, desde que yo lo compré, no ha venido nadie, ni nadie ha preguntado”. En su caso, no busca ayudas. Más bien, prefiere que le dejen como está.
Según la página web castillos.net, que contiene uno de los estudios más amplios sobre este tipo de fortificaciones en España, en la provincia de León se conservan 58, la mayoría en manos privadas. Pero no hay muchos casos como Carlos y Felipe.