Julio, con las terneras que han nacido en su granja en las últimas semanas, que también tienen como destino producir leche. M.C.C.
M. C. Cachafeiro / León
Julio, 26 años, se convirtió en ganadero por dos razones. La primera, por sentimentalismo. Su padre, ya fallecido, trabajó toda la vida las tierras en Antoñanes del Páramo. La segunda, más mundana, después de haber comprobado lo duro que es ser también obrero de la construcción. No son muchos, pero en los últimos años una nueva generación de agricultores está recogiendo el testigo de sus padres y abuelos. “Si mi padre estuvo toda la vida luchando por nosotros, yo también”, dice Julio.
Su historia, aunque él la oculte con su sonrisa permanente y su carácter afable, es también el drama de los jóvenes que apuestan por el mundo rural leonés. Julio debe a los bancos, más o menos, 420.000 euros, 70 millones de pesetas.
Ha invertido no sólo mucho dinero; también las ilusiones de toda una vida, pero el negocio no da para tanto: el precio de la leche está por los suelos y muchos agricultores y ganaderos que han apostado por el campo como él viven con una obsesión. Poder pagar cada mes la hipoteca.
Julio es el mediano de tres hermanos. El mayor es cura y vive fuera de Antoñanes y el pequeño está estudiando Medicina. Su padre compaginó el campo con la ganadería. Tenía 60 vacas con las que sacó a la familia adelante. Julio tiene 90, todas de raza frisona, y a duras penas le da para ir tirando. Y eso que trabaja los siete días de la semana y asegura hasta el último animal. “Pago por todo; si se me muere una vaca, por causas que entran en el seguro, me darían 1.524 euros, y 670 si es una ternera”, explica en su pequeña oficina, con un ordenador para controlar todo, desde el ordeño a lo que come al día cada vaca.
Todo en la granja de este joven paramés, que vive con su mujer en La Bañeza, es nuevo. Sólo la sala de ordeño y el tanque de conservación de la leche le costaron 15 millones de pesetas —Julio prefiere hablar en pesetas, “que con los euros todo se diluye, como la leche”—; y la nave fueron otros 20 millones de las antiguas pesetas. “Me lo dieron todo en el banco. Fuimos hace seis años, mi hermano pequeño con 16 y yo con 20. A todos los directores de sucursales les dijimos los mismo: ¿Quién nos vende el dinero más barato?”.
Así empezó. Aprovechando las viejas instalaciones levantadas por su padre, y construyendo una nueva nave. Tenía una segunda fase en marcha; incluso compró las vigas y los cimientos están hechos, “pero vistas las cosas es mejor esperar”, dice con alegría, que la risa nunca le falta.
Los datos son elocuentes. Este año en la provincia se han prejubilado 247 personas en el campo, mientras las incorporaciones han sido 64, según datos de Ugal. La mitadde los jóvenes que acceden al sectorson para ayudar a que se jubilen otras personas. Es decir, porcada cuatro abandonos sólo se incorpora una persona en realidad.
Según el líder de este sindicato, Matías Llorente,en el campo leonés están dadas de alta en la seguridad social agraria 9.000 personas, de las cuales un 45% son mujeres. En total hay unas 7.000 explotaciones agrarias, de las que 900 son de ganadería.
El sector lechero, en opinión de Julio, ha caído en picado. “Sobrevivimos porque aguantamos. Nos pagan la leche a 47 pesetas; 20 menos que el año pasado”.
Julio recuerda que el oficio de ganadero siempre ha sido duro.“Lo he visto en mi casa toda la vida. Todavía me acuerdo cuando se ordeñaba de rodillas”.
Al cupo que tenía su padre tuvo que añadir otros 15 millones de pesetas para comprar los derechos de la actual explotación. “Si vendiera todo lo que tengo aquí invertido no me darían nada”, insiste. “¿Quién va a querer esto?”, se pregunta. Muchas deudas y eso que no tuvo que comprar el tractor, porque ya era de su padre.
Julio compatibiliza la granja con una plantación de 30 hectáreas de terreno en Antoñanes. La mayoría lo destina a maíz, con el que a su vez hace un preparado para las vacas. De esa forma, reduce el coste de cada animal, que viene siendo de unas800 pesetas al día.Sus hermanos vienen en verano y le ayudan. Al menos, puede irse de vacaciones con su mujer.La única alegría de los últimos meses es la bajada de la hipoteca. De pagar 2.600 euros —ahora sí habla en euros— ha pasado a 1.900 por el Euribor. “Todavía me quedan 20 años de hipoteca”, dice. Y Julio vuelve a sonreír. Hay que seguir peleando, chaval.