La Deportiva combina brillantez y eficacia para ganar
Jonathan celebra con alegría su gran gol de cabeza que, al final, significó la victoria de la Deportiva. DANIEL
Javier Santiago / Ponferrada
En lo que dura un partido, la historia da muchas vueltas. No hacen falta goles inverosímiles, remontadas épicas o resultados inciertos para que se cumpla esa obviedad. Basta, por ejemplo, con que un equipo se esfuerce en mostrar todas sus versiones para conducir el partido por donde quiere en cada momento, adaptando su estilo a las circunstancias y marcando el ritmo del juego a su gusto.
Un partido puede empezar como el de ayer, con la Ponferradina desmelenada, dejando fluir el juego con velocidad e instinto, explorando todos los caminos con alegría y poniendo todos los sentidos a la caza de la portería contraria.
Con ese panorama, el fútbol es hermoso y brillante. Cuando apuesta por esa versión, que es casi siempre, la Deportiva luce con luz propia en esta categoría. Ayer tenía enfrente a un gran equipo como el Pontevedra, pero durante media hora de lujo lo convirtió en un simple testigo de su apuesta ofensiva.
En ese tramo, la Ponferradina se adueñó del balón, lo trató con gusto y lo movió con ambición. Así, la tarde se fue alegrando a pesar de la lluvia y el cielo turbio. Y, con ello, llegaron las ocasiones al ritmo fresco y constante de la lluvia y el juego.
Además, sólo hizo falta una para encarrilar el partido. Nació en una internada de Teo por la banda derecha, que se enfundó la bota de Míchel y envió un buen centro al área. Y allí apareció el esforzado Jonathan, transformado por una vez en delantero con alma asesina. La magia del fútbol le convirtió en un rematador ejemplar y le permitió ejecutar el cabezazo perfecto. Dirigió la pelota con todo el acierto y toda la fortuna del mundo y la envió al talón de aquiles de la portería, a ese rincón entre el guante del portero y el segundo palo donde los goles son inevitables.
Espoleada por ese alarde de puntería, la Ponferradina se afanó en prolongar su versión brillante. Desbordó al Pontevedra triturándolo por los costados y mandando en todas las parcelas del campo. Y siguió generando fútbol y oportunidades de gol.
Ahí, la Deportiva compaginó su lado mágico con su lado desafortunado, tan cotidiano este año. Rondó por todas las vías posibles el segundo tanto, pero sólo pudo quedarse con una colección de sonoros ‘huys’, mezclados con el sonido del palo o el de los guantes de Orlando Quintana.
Jano, ejemplar como siempre en defensa, sigue rozando el gol cuando se aproxima al ataque. Ayer cabeceó al larguero una falta lanzada por Víctor Salas. En medio de una tromba blanquiazul, Yuri hizo su intentona goleadora con un disparo intencionado que salvó con apuros el portero. Y Zamora volvió a obligar a Quintana a atrapar la pelota cuando se colaba junto al palo.
En estas, el Pontevedra acabó por darse cuenta de que necesitaba dejar su tarjeta de visita en el partido. Así, trató de encontrar las rutas hacia la portería de Mackay y, al menos, se dejó notar en el último tramo de la primera parte. El guardameta blanquiazul, impecable toda la tarde, evitó cualquier susto.
Pero, ya se sabe, en un partido caben muchas historias. La cosa puede cambiar, por ejemplo, si el equipo que manda decide mostrar otra versión. Así, el fútbol puede ser de otra manera si la Ponferradina decide, por una vez, enseñar otra cara y jugar al juego que más se estila en Segunda B.
Cansada de tantas jornadas de ataque sin premio, la Deportiva decidió que, por una vez, su gol de ventaja tenía que ser suficiente. Así, en el descanso dejó en el vestuario su estilo voraz y elegante y se puso el traje de trabajo. Apostó por ganar el partido gestionando su ventaja, anteponiendo los tres puntos a la brillantez.
Y esa otra versión también fue buena. La Ponferradina se destapó como un equipo seguro, solidario y eficaz. Decidió otorgar más terreno al Pontevedra y se afianzó sobre su campo, juntando a sus hombres, tapando todos los espacios y esperando, quizá, la ocasión de rematar el partido con un gol a la contra.
Así, la historia de la tarde cambió, pero el resultado se mantuvo firme. El equipo desplegó un alarde de trabajo y, así, anuló cualquier posibilidad de reacción ofensiva del Pontevedra. Los gallegos sólo pudieron amenazar a Mackay con algún disparo lejano que el portero conjuró con solvencia.
Así, la lluvia se fue mezclando con el sudor y los minutos fueron pasando. La escasa ventaja mantuvo una sensación de vida sobre el partido, pero todo estaba resuelto. La versión calculadora de la Ponferradina también funciona. Y así, El Toralín volvió a celebrar una victoria tras ver las dos caras de un equipo que quiere volver a acostumbrarse al triunfo.