UNA PROVINCIA EN BLANCO Y NEGRO

Alegría hermano, es |
Un estridente y prolongado gruñido al amanecer avisa a todos los vecinos del pueblo de que en la casa de cuyo corral salía el grito ha comenzado el rito anual de la matanza. La repetición del gruñido va avisando de cuantos cerdos se sacrifican ese año en la casa, aunque la cifra la suelen conocer las gentes del lugar. De hecho es habitual una clasificación de las familias por el número de gochos y cabras que mata por el San Martino. Cuando se suma una vaca ya estamos hablando de casa grande. El gruñido es, a su vez, como un toque de campana para el vecindario, para acercarse hasta la casa y probar unas pastas con anís u orujo mientras por el portalón y el corral hay un incesante ir y venir de gentes que cumplen las concretas órdenes del matarife. Una mujer revuelve la sangre en los calderos, otra prepara los baldes para recoger las tripas que lavarán en el río, alguien le da el último repaso a los cuchillos que van a servir para pelar al animal muerto mientras el agua que ablandará la piel hierve a borbotones (en otros lados los queman con paja)... El romanero espera otro momento importante, el de pesarlos. Las trócolas elevan al animal para que el matarife destace más cómodo. Pero antes es el momento del desayuno, de comer los torreznos, de la charla, de la foto. |
![]() Fulgencio Fernández |
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