Toda satisfacción terrenal conlleva su dosis de sufrimiento. Al margen de la apariencia de tratarse de una sentencia de Confucio (gran pensador que nos ha permitido conocer en toda su dimensión la verdad sobre los concursos de misses), esta reflexión es del país, pero constata su veracidad a cada paso que damos por Ponferrada con la mirada puesta a media altura, como la legión en un desfile. El cuello elevado nos permite descubrir la diurna fealdad de los arcos luminosos navideños que sin embargo, de noche parecen algo más pintureros. Con luz solar: emplasto de colores y desorden de cables; y en la oscuridad: colorines colorados.
Luces de colores son lo que nos ha provocado el recibo de Gersul; satisfacción sin igual para el consorcio provincial de tratamiento de basuras y pesadilla indigesta para el resto de los ciudadanos. ¿Tratamiento de basuras, nos dicen? La verdad es que con estos precios, las basuras están intratables. Lo curioso del caso es que en determinados domicilios en los que apenas se genera basura durante la única semana en que se ocupan a lo largo del año, un recibo de Gersul viene a significar que se cobran 38 euros por una media de siete kilos de residuos. Echen la cuenta: el kilo de mierda (con perdón) multiplica por diez el valor de un kilo de uvas o de castañas, por poner dos casos que van a sacar próximamente a los agricultores bercianos a la calle. Conclusión: coman basura, es un producto gourmet, exquisito, carísimo y cada día más escaso. Además, metabolizando restos orgánicos se procede a un segundo reciclaje y le dejamos menos trabajo a la planta de tratamiento. Ya me temía yo que por ahí iban los tiros. Concienciación, hermanos contribuyentes. Y cuando llegue la tasa de la depuración de aguas residuales, que no tardará en asaltar despiadadamente nuestros buzones, les contaré a ustedes qué podemos bebernos para ahorrar unos ‘gersules’.