Carmelo Gómez y Silvia Abascal, ayer en el Auditorio, en plena representación de ‘Días de vino y rosas’. M. MARCOS
L. Castellanos / LEÓN
La mansedumbre y la mera cortesía del espectador hacen desventurado al teatro. Cuando el actor asoma la nariz por el proscenio, el público debe estremecerse, sentir que la comezón le devora, responder a los estímulos que se le proponen desde el escenario, movilizarse emocionalmente. Prefiero un espectador hostil (se ha erradicado, por efecto de lo políticamente correcto, el pateo, un lenguaje tan añejo como la propia actividad teatral) a uno indiferente y aséptico frente a lo que se le propone. Por supuesto, el intérprete no debe ser un simple actuante, un ejecutor de acciones, un reproductor de automatismos... El teatro exige tensión, implicación, sentimientos. El teatro ha de propiciar el encuentro íntimo entre actor y público. De lo contrario, es otra cosa llamada también teatro, pero otra cosa realmente.
‘Días de vino y rosas’, la obra teatral protagonizada por Carmelo Gómez y Silvia Abascal y que ayer se representó en el Auditorio y hoy repite presencia sobre su escenario, es capaz de alterar al espectador, de someterlo a una continua conmoción, de desatar en él una tormenta de sensaciones.Y así debe ser. No hay nada mejor para el teatro que alguien, estremecido, agarre la mano de su vecino de butaca, no disimule sus lágrimas o simplemente tense sus silencios. Y ‘Días de vino y rosas’ lo alienta, lo propicia, dada su intensa vitalidad, su capacidad para sacudir conciencias y su sensibilidad para atrapar emociones.
Es un montaje inmediato, al que el espectador le hinca el diente desde la proximidad, introducido en su hondura, abrazado a sus ecos. Es una propuesta teatral que se guía por las aportaciones de sus protagonistas, dos actores colmados de talento para afrontar papeles tan cabrones y llenos de recovecos como los suyos. En escena se despellejan, quedan desguarnecidos, pasean continuamente sobre puntas de aguja. Nadie se acuerda de Jack Lemmon o Lee Remick (el mejor cumplido que pueden recibir). Simplemente, hacen teatro, sin envoltorios, sin artificios, desnudos. Ante un espectáculo así sólo cabe dar las gracias.