Hace dos años exactamente tuve la oportunidad de visitar, la exposición ‘Fábulas de Velázquez: mitología e historia sagrada del Siglo de Oro”, en la ampliación del Museo del Prado. Al final del recorrido, en el centro de una sala inmensa y a media luz, estaba solitario el célebre cuadro pintado por don Diego Rodríguez Silva y Velázquez en 1632 para el Monasterio de San Plácido de Madrid. No era la primera vez que veía ‘El Cristo de Velázquez’. Pero me produjo enorme emoción contemplar de nuevo la elegante y estilizada figura de nuestro Redentor en la cruz, con el cuerpo y los miembros suavemente modelados, recortándose la composición sobre un fondo oscuro, con la cabeza ligeramente caída y un mechón del cabello ocultando parte del rostro del Crucificado.
Revivo aquel momento y leo los versos de don Miguel de Unamuno: “De pie y con los brazos bien abiertos / y extendida la diestra a no secarse, / haznos cruzar la vida pedregosa / –repecho de Calvario– sostenidos / del deber por los clavos, y muramos / de pie, cual Tú, y abiertos bien de brazos, / y como Tú, subamos a la gloria / de pie, para que Dios de pie nos hable / y con los brazos extendidos. ¡Dame, / Señor, que cuando al fin vaya rendido / a salir de esta noche tenebrosa / en que soñando el corazón se acorcha, / me entre en el claro día que no acaba, / fijos mis ojos de tu blanco cuerpo, / Hijo del hombre, Humanidad completa, / en la increada luz que nunca muere; / ¡mis ojos fijos en tus ojos, Cristo, / mi mirada anegada en Ti, Señor!”.
¿Se atreverá el laicismo radical a eliminar estas joyas de nuestro patrimonio espiritual? Tendría que hacer lo mismo con las imágenes del Crucificado salidas de las manos de Juan de Juni, Gregorio Fernández, etc. ¿Qué quedaría entonces de la Semana Santa? Es más fácil, ciertamente, retirar un humilde crucifijo de la pared de un aula o de una habitación de un hospital.
Pero el significado del hecho es el mismo: con el pretexto de la neutralidad confesional en el ámbito de la educación –como si la religión no educara– lo que se pretende es arrancar de nuestra cultura española y europea su raíz más vigorosa, que es precisamente la fe cristiana. Pretender que el crucifijo discrimina es olvidar que fue el amor cristiano, representado en los brazos abiertos de Cristo en la cruz, el que sembró la idea de la igualdad más profunda entre los hombres. Esta idea fue la que movió en su día a don Enrique Tierno Galván a pedir expresamente el crucifijo cuando juró su cargo de alcalde de Madrid. Tomen nota.
Julián López Martín es obispo de León