Las manos empiezan a temblar bajo el frío del invierno y del tiempo. Buscan acomodo en los guantes, pero la tela sintética no es suficiente para deshelar el corazón. Arropa levemente las heridas del viento, pero no amortigua los dolores del pasado, esos que se han clavado en las venas como cristales de nieve.
Asoma la niebla y envuelve Ponferrada como una mota de algodón tóxico. Hurta el sol. Le condena al bendito exilio de las tierras altas, donde se observa todo con la tranquilidad y la calma del que sabe que el tiempo pasa y duele, pero también reconforta.
Sopla el invierno desde los calendarios y brilla mezquino desde las invasoras luces navideñas. Los cristales de las viejas tiendas de ultramarinos se empañarían si existiesen. El calor de los panes recién horneados al abrigo de la leña reconfortaría el alma si la antigua harina y los insomnes panaderos de siempre siguieran creándolos al amor del fuego.
La noche invade la tarde con la dictadura de los relojes. Las agujas se mueven al ritmo del negocio y la oscuridad se escabulle fuera de su terreno. Se mezcla con las horas muertas y abandona su territorio místico de verbenas, amores y cubatas.
El frío del clima permite arroparse bajo las mantas y junto a los cuerpos cálidos, pero el frío del mundo seca la inspiración de los poetas y destruye la hermosura melancólica y multicolor del otoño. La gente rueda por las calles arrastrada por sus monederos y se deja mecer por el ritmo de la usura. Los caraduras brillan aún más entre la modestia de las nubes grises y la nieve se percibe incluso como una tabla de salvación.
Pero más allá de la niebla, donde los confines de la ciudad muerden con envidia las raíces del bosque, los viejos árboles resisten con su modestia invencible. Aprovechan con placer el más mínimo rayo de sol y se cobijan del frío con resignación activa. Saben que el invierno hiere y a veces mata, pero también que, mientras logren mantenerse firmes, queda la esperanza de la primavera.