Concédenos, Señor Dios nuestro, permanecer alerta a la venida de Cristo tu Hijo, para que cuando llegue y llame a la puerta nos encuentre velando en oración y cantando con alegría sus alabanzas”. Esta oración del lunes de la primera semana de Adviento, refleja muy bien las actitudes que la Iglesia propone durante las cuatro semanas que preceden a la Navidad. El texto se inspira en las advertencias de Jesús cuando alude a la necesidad de estar como los criados “que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame”, porque a los que encuentre en vela “los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo” (cf. Lc 12, 36-37). Es un modo de indicar que, mientras estamos en este mundo, debemos dedicarnos a la tarea que cada uno tenemos asignada, porque el Señor puede llegar en cualquier momento y, si nos encuentra vigilantes por la oración y activos en el cumplimiento del deber, nos dará como premio la vida eterna.
Estas recomendaciones vuelven cada año al llegar el Adviento, tiempo orientado no sólo a preparar la Navidad sino también a suscitar la esperanza en el retorno del Señor al final de la historia humana, lo que llamamos la segunda venida de Cristo. Adviento quiere decir precisamente venida, de manera que, así como Jesucristo vino ya la primera vez naciendo en Belén pobre y humilde, volverá una segunda pero manifestando su gloria.
El Adviento encierra siempre una llamada a la sensatez, virtud muy necesaria hoy porque nuestra sociedad, pese a la crisis económica y a los incontables problemas que aquejan a muchas familias, se obstina en mirar para otro lado y sumergirse en una especie de somnolencia colectiva. Da la impresión de que vivimos en el país de las maravillas, anestesiados por las promesas de unos y entretenidos por las cortinas de humo que despliegan otros. El fenómeno no es nuevo. Ya San Pablo exhortaba a los cristianos de su tiempo a darse cuenta del momento en que les había tocado vivir, añadiendo: “Ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima” (Rm 13, 12).
El Adviento nos invita a estar alerta, para permanecer firmes en la fe y en los valores morales y no dejarnos embaucar ni aturdir. Por nuestro propio bien y por el bien de los hombres de hoy, el Adviento de 2009 ha de estar marcado por nuestra responsabilidad de creyentes conscientes y comprometidos también en los asuntos temporales.
Julián López Martín es obispo de León