Son muchos los asuntos que le agobian a Mariano Rajoy que, a estas alturas de la legislatura, causan sus efectos. Quizá tenga demasiados frentes abiertos pero, de hecho, parecen afectarle más los dardos disparados desde sus huestes que las que proceden del Gobierno.
De los primeros cabe decir que básicamente se reducen a desautorizaciones: recordemos a Camps, que tantos dolores de cabeza le ha causado y aún le ha de producir, faltando a un congreso por conducir un Ferrari prestado (hasta por un kart le hubiera plantado). Y lo segundo, la falta de confianza que inspira en sectores del partido; el sector más reaccionario y los líderes más destacados que aspiran a ocupar su puesto. El misterio que se esconde tras la sonrisa de la Gioconda no es nada comparado con el que se oculta tras las risitas de Esperanza Aguirre.
En estas condiciones –cualquier cazador lo sabe– resulta difícil afinar la puntería si no tienes cubiertas las espaldas: lo que los marines llaman “fuego amigo”.
Tanta preocupación puede explicar que Mariano se presentara en casa del ahorcado con la soga en la mano o, lo que es lo mismo, venir al Bierzo para mostrar su intención de acabar con el carbón, lo cual equivale a pedir que no le voten. De tal magnitud es el error que Herrera y todo el PP provincial intentaron enmendarlo. ¡Corregir al líder! Ahí es nada.
Otra explicación es que fuera un acto fallido: decir en alto lo que se piensa en secreto; lo peor que puede hacer un político que se precie.
O acaso por llevar la contraria a Zapatero que, en Rodiezmo, apostó por el sector –Ciuden de Ponferrada, por ejemplo–. Como aquel conservador que cuando se debatía algún tema saltaba: “¡Me opongo!”; hasta que un compañero de banco que llegaba tarde le preguntó: “¿De qué hablan?” y nuestro amigo respondió: “No sé, pero me opongo”.
Finalmente, y eso, sí sería un peligro, que quien le pasa los informes o le escribe los discursos no le quiera bien.