UNA IMAGEN Y 222 PALABRAS

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Por suerte cada vez van siendo más historia aquellas estampas tristes de un ciego atravesando las calles de la ciudad a trancas y barrancas, con su largo bastón blanco golpeando las paredes y cientos de obstáculos que les habían sembrado en el camino, con aquellos viejos cupones que se jugaban por los bares, que no tocaba prácticamente nada, que no les daban para comer, ni mucho menos, a quienes los vendían, cuyas penalidades les hacían descendientes directos de los que recorrían los pueblos cantando en la plaza sus coplas, siendo con sus pliegos de cordel y aleluyas los primeros periodistas de sucesos, los contadores de muertes y asesinatos, cuernos y frioleras. Por suerte ya van siendo historia. El nuevo cupón nada tiene que ver con aquellos papeles volanderos con premio corto y hambre larga. Un ciego en una cabina ya no es ciego, es un trabajador de la Once. Ya no cantan los ciegos sus cupones por las calles, salen de su cabina y caminan por ellas con su perro lazarillo, esos animales singulares educados como si fueran a entrar en la Guardia Real, que no se mueven de su trabajo pase lo que pase, que esperan a la salida de su dueño sin moverse por nada y cuando éste acaba su jornada hacen los dos realidad el anuncio: ‘Lo hacemos posible’. |
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